La Marsellesa de Casablanca

Acaba de aparecer esta misma semana el tercer número de Orbis Tertius, revista de pensamiento y análisis de la Fundación SEK dirigida por Jon Juaristi, en la que se publica un interesantísimo artículo del propio Juaristi titulado “La Marsellesa de Casablanca. Historias del exilio judío y español bajo el régimen de Vichy (1940-1942)”. En él se traza el paralelismo existente entre la trama de dicha película y la realidad de muy numerosas historias personales de prófugos del nazismo que, huyendo del régimen colaboracionista de Vichy, seguían la ruta de Marsella, Orán y Casablanca o Tánger, donde esperaban obtener –al igual que el cinematográfico personaje de Victor Lazslo– el necesario salvoconducto para poder embarcar rumbo a América, es decir, hacia la libertad y hacia una nueva vida. Muchos de ellos son personalidades relevantes de la cultura del siglo pasado –Claude Lévi-Strauss, Max Aub, Walter Benjamin, Arthur Koestler, Soma Morgensen, etc.– y dejaron conmovedores testimonios de su epopeya. Sostiene el autor que “la película Casablanca, gracias a la escena en la que los clientes del Rick’s cantan, puestos en pie, la Marsellesa, ocupa un lugar destacado entre las defensas clásicas de la libertad”. Recordemos: los oficiales nazis, encabezados por el malvado mayor Strasser, entonan ebrios de ardor el himno nacionalista Die Wacht am Rhein, entonces Victor Laszlo se pone al frente de la orquesta del club que, tras ser autorizada desde la lejanía por Rick, interpreta la Marsellesa. Poco a poco todos los presentes van uniendo sus voces vibrantes hasta acallar a los alemanes, y la ejecución del himno francés se convierte en “no sólo el canto patriótico de una nación, sino en el de la Humanidad humillada y perseguida por el fascismo”. La escena cinematográfica es de una eficacia, belleza y emoción insuperables, sobre todo por el recurso de su director Michael Curtiz a un primer plano del rostro de la guitarrista y demi-mondaine Ivonne, que canta transfigurada y arrasada en lágrimas.

Imagino que casi todas las personas amantes del cine tendrán su propio anecdotario relacionado con esta película. El mío es el siguiente: yo vi por primera vez esta película en el ciclo dedicado a Bogart en el cine Duplex de la calle general Oraa de Madrid, creo recordar que en el año 1976. Fue un ciclo magnífico y la oportunidad de ver seguidas grandes películas como El bosque petrificado (¡genial Leslie Howard!), El halcón maltes, Cayo largo (me enamoré perdidamente de Lauren Bacall), Tener o no tener, El último refugio, El tesoro de Sierra Madre… y Casablanca. Hay que situarse en el contexto de aquella época, con Franco recién muerto y en medio de una eclosión de afanes de libertad y democracia, de ilusiones y de temores (la extrema derecha mataba impunemente a gente en plena calle, como a mi amigo y compañero de colegio Carlitos González abatido a tiros de pistola por guerrilleros de Cristo Rey en la cola de una manifestación). En la penumbra de la sala del cine Duplex, llena de estudiantes “progres”, la escena de la Marsellesa galvanizó los ánimos y recuerdo a toda la sala puesta en pie, puño en alto, cantando a voz en grito y en penoso francés el himno de la libertad, exorcizando a nuestros fascistas “particulares”…

¿Por qué una película que objetivamente no es ninguna obra maestra se convirtió en uno de los mayores iconos del cine mundial de todos los tiempos? Veamos: Michael Curtiz no es precisamente un director genial, Casablanca es una adaptación cinematográfica de una obra teatral (Everybody Comes to Rick’s) que no llegó siquiera a estrenarse, rodada apresuradamente y en medio de muchas vacilaciones y mucho caos (sus guionistas, los hermanos Epstein y Howard Koch, iban improvisando la historia casi día a día, durante los cincuenta y nueve que duró el rodaje), encuadrada en el subgénero de “cine de propaganda bélica” (se rodó en 1942, en plena guerra mundial) que es probablemente el origen de muchos de los peores “bodrios” de la historia del cine, y concebida como un producto de serie “B”, barato, sencillo y comercial. Aún más: su director debía haber sido William Wyler, que se negó a realizarla, de forma que el “caramelo envenenado” recayó en el “artesano” Michael Curtiz, en nómina de la Warner, que no pudo negarse; el reparto fue también conflictivo, en principio debía haber sido interpretada por George Raft y Hedy Lamarr, después se pensó en ¡Ronald Reagan! y Ann Sheridan (¿se imaginan a Reagan en el papel de Rick Blaine?), y finalmente se llegó a Bogart e Ingrid Bergman con muchas dudas, porque nunca habían sido protagonistas juntos y suscitaba recelo que hubiera “química” entre ellos (sobre todo, sabiendo que cuando Bogart y Bacall interpretaban juntos saltaban literalmente chispas); y, finalmente, bajo mi punto de vista, en la película sobra la larga secuencia del flash back de París, un verdadero merenguito metido a empujones en el guión y absolutamente innecesario, porque el pasado de Rick e Ilsa ha quedado perfectamente explicado en la escena de su reencuentro junto al piano de Sam (¡ah, la elipsis! ¡cuán necesaria y tan postergada por escritores y cineastas!)

Pero algo ocurrió, un milagro, una catarsis. Con tan endebles mimbres se construyó una película admirable, emocionante, maravillosa… Bueno, ¿endebles mimbres? Rectifiquemos, que es de sabios. Muchos de ellos de “endebles” no tenían ni un pelo. La banda sonora de Max Steiner, y su imperecedero As Time Goes By, que podría tararear cualquier ser humano, desde Tierra de Fuego a la Cochinchina; el deslumbrante elenco de secundarios: Paul Henreid, Conrad Veidt, Claude Rains y el impagable Peter Lorre; el carisma de Humphrey Bogart, en un papel que le va como anillo al dedo, y el acierto de Ingrid Bergman, cuya “cara de pan” es perfecta para el personaje; los aciertos de un guión lleno de frases que se han convertido en verdaderos iconos, desde la célebre “este puede ser el inicio de una gran amistad” hasta el no menos conocido “¡tócala otra vez, Sam!”, que por cierto nadie dice en la película (el asunto de las “frases fantasma” es verdaderamente curioso: por ejemplo, busque usted si se atreve la célebre frase “de la materia en que están forjados los sueños” en la novela El halcón maltés de Dashiel Hammet: no la encontrará porque no está, ya que fue introducida por William Faulkner en el guión de la película de John Huston, y su origen es, ni más ni menos, que el Macbeth de Shakespeare); y por último –last but not least–, el sentido del humor (un factor que está invariablemente presente en todas las grandes creaciones del espíritu humano y ausente en centenares y aun miles de “bodrios” pomposos y engolados que intentan hacerse pasar por “arte”), por ejemplo cuando el capitán Renault ordena cerrar el Rick’s café presionado por el mayor Strasser –al que la interpretación de la Marsellesa ha enfurecido– y clama indignado “¡He descubierto que aquí se juega!”, momento en el que un camarero apresurado le entrega un sobre diciendo “Capitán, no se olvide sus ganancias”.

De Casablanca se ha dicho, y con razón, que rezuma un sentimentalismo abyecto, que sus personajes son estólidos y de una pieza, sus conflictos morales de serie “B”, y que formal y cinematográficamente es de una sencillez bochornosa. Es verdad, pero estos mismos factores, agitados en una coctelera e iluminados por la inescrutable chispa de la genialidad, dieron lugar a la que incuestionablemente es una de las grandes películas de la historia del cine, un icono imperecedero y, como bien decía Jon Juaristi, un canto hermoso y sublime a la libertad y a la resistencia frente a la opresión.

Voy acabando, y lo haré con una confesión que en el fondo me avergüenza: cada vez que veo Casablanca, invariablemente, a pesar de haberla visto decenas de veces, cuando llega la escena de la Marsellesa, aunque ya no me ponga en pie y la cante puño en alto y a voz en grito, mis ojos acaban anegados de lágrimas.

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