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Pero, ¿qué es el Mac Guffin?

En la reciente novela de Enrique Vila-Matas, Kessel no invita a la lógica, se emplea profusamente el concepto de Mac Guffin. Aparece, de hecho, en sus primeras líneas: «Cuanto más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo este calificativo. Pero ¿a quién le importa esto? De hecho mi frase tan sólo es un mcguffin y tiene poco que ver con lo que me propongo contar…».

Es un concepto, pues, que vuelve a estar de moda, y por ello no está de más que expliquemos qué es exactamente un Mac Guffin. Para ello le damos la palabra al señor Alfred Hitchcock, que es en concreto su inventor:

Y ahora conviene preguntarse de dónde viene el “Mac Guffin”. Evoca un nombre escocés y es posible imaginarse una conversación entre dos hombres que viajan en un tren. Uno le dice al otro: «Qué es ese paquete que ha colocado en la red». Y el otro contesta: «Oh, es un Mac Guffin». Entonces el primero vuelve a preguntar: «Qué es un Mac Guffin?». Y el otro: «Pues un aparato para atrapar a los leones en las montañas Adirondak». El primero exclama entonces: «¡Pero si no hay leones en las montañas Adirondak!». A lo que contesta el segundo: «En ese caso, no es un Mac Guffin».

La cita está extraída del famoso libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut. Y el entrevistador, el famoso crítico de Cahiers du Cinema y director, saca su propia conclusión: «El Mac Guffin es el pretexto, ¿no?». Pero no es exactamente así. No se trata de un pretexto que justifique el desencadenamiento de los acontecimientos de la película, sino más bien un factor de distracción, un elemento que atraiga la atención del espectador y permita al célebre “mago del suspense” ir a lo suyo, a lo esencial de la película.

Pero Hitchcock va aún más allá: el Mac Guffin está vacío, el Mac Guffin es “nada”. Dice el cineasta que probablemente su Mac Guffin más perfecto es el de North by Northwest (llamada en España “Con la muerte en los talones”, por esa estúpida manía de los distribuidores hispanos de “destripar” las películas intentando contártelas en el título, cuyo caso más flagrante es probablemente “La semilla del diablo”). El Mac Guffin de esta película es: ¿Qué quieren, qué buscan los malvados que persiguen enconadamente a Cary Grant a lo largo de todo el film? Hitchcock desvela el Mac Guffin antes de la última y trepidante secuencia de la película, la que se desarrolla es un inverosímil chalet de lujo en lo alto del Monte Rushmore. Se lo revela al atribulado Grant un agente del Servicio de Inteligencia americano: el jefe de los “malos”, James Manson, es un espía nazi que “exporta” secretos del gobierno, y cuando le comienza a explicar la naturaleza del asunto justamente un avión despega (están en un aeródromo) y el ruido de sus motores impide oír la continuación del diálogo. «Ya ve que en este caso redujimos el Mac Guffin a su expresión más pura: nada», concluye Hitchcock.

El enigma de North by Northwest es en realidad el personaje Eva Marie-Saint, de quien Cary Grant se enamora aunque sabe que es la amante del “malo” James Manson, para acabar descubriendo al final de la película que se trata en realidad de una agente del gobierno americano infiltrada en la red de espías.

Y una nota final. ¿Recuerdan ustedes la tórrida escena de amor entre Cary Grant y Eva Marie-Saint en el compartimento del tren? Debería ser de estudio obligatorio en las escuelas de cinematografía. ¡Para filmar una escena de sexo explícito no es necesario mostrar ni un centímetro de “carne”! ¿Y la escena final de la película? Para sugerir un coito tan solo hace falta un poco de sentido del humor.

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¡Arreando, que vienen dando! (A propósito de la nueva edición del Diccionario de la Real Academia)

Se acaba de poner a la venta la vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española, en la que se incorporan gran número de nuevas voces, entre ellas algunas procedentes de las jergas juveniles y castizas, y se nos viene a la cabeza, inevitablemente la película Bola de Fuego, del gran Howard Hawks.

Por si alguien no la recuerda daremos una breve sinopsis. Un grupo de eminentes (y provectos) eruditos se hallan consagrados a redactar una magna enciclopedia financiada por la fundación Totten; viven encastillados en una gran residencia, aislados del mundanal ruido, hasta que un día, escuchando al repartidor de leche, decidor y castizo, descubren que el léxico de la calle se transforma a velocidad vertiginosa. Deciden que se hace necesaria una investigación de campo para incorporar a la obra el elenco de nuevas palabras, y para ello comisionan al único joven del grupo de redactores, el profesor Bertrand Potts (Gary Cooper). Ataviado con un conveniente smoking y pertrechado de bloc de notas, Potts acude a un cabaret. Allí actúa la cantante Sugarpuss O’Shea (Barbara Stanwick), que interpreta la canción Drum Boogie. Al final de la misma Potts ha llenado toda una planilla de palabras y expresiones desconocidas y excitantes. El profesor se dirige a continuación a los camerinos, para pedir a la bella cantante que  asesore a la fundación en el proceloso mundo del slang y los neologismos. Como es lógico, la cabaretera le despacha con cajas destempladas: ¡Arreando, que vienen dando!, y Potts se retira compungido, no sin antes anotar esa última expresión en su libreta.

Pero entonces entra en escena el gangster Joe Lilac (Dana Andrews), novio de la cantante, para decirle a esta que la policía la está buscando para que declare contra él en un inminente juicio, y que conviene que se quite de en medio una temporada. A Sugarpuss se le enciende la bombilla, ¿qué mejor escondite que la fundación Potten, el último lugar en el que a la policía se le ocurriría buscarla? Sale rápidamente del camerino, encuentra a Potts y acepta la propuesta que antes rechazó.

El resto de la historia es más o menos previsible: Sugarpuss se convierte en la reina de la residencia, adorada incondicionalmente por todos los valetudinarios sabios, y de forma más específica por el joven Potts, que se enamora de ella. Sugarpuss le corresponde, fascinada por una forma de vida tan radicalmente distinta a la que siempre conoció. El problema surge cuando Joe Lilac, pasado el peligro, acude a recuperar a su chica. Los respetables eruditos, con Potts al frente, se rebelan y hacen frente a los gangsters… Y como es una comedia, salen triunfantes.

La película es deliciosa, no solo por la dirección del genial Howard Hawks, sino también por un guión lleno de hilarantes juegos de palabras, obra de  Billy Wilder y Charles Brackett, que se basaron en un relato  titulado muy significativamente  From A to Z del propio Wilder y Thomas Monroe. Dicen algunos críticos que la película no es sino una adaptación neoyorquina y contemporánea del cuento Blancanieves y los siete enanitos, en la que los enanitos  serían los sabios estudiosos, el príncipe azul Gary Cooper, y Barbara Stanwick una despampanante y desenfadada Blancanieves.

Viendo alguno de los neologismos que los señores de la docta casa han incorporado a la nueva edición del DRAE, como “amigovios”, que nunca nadie había oído antes, o “chachi”, que nos suena un tanto rancio, podría llegar uno a la conclusión de que tal vez hubiera sido interesante incorporar a una “Sugarpuss” hispana como asesora.

¡Ahí te lo dejo, Blecua!

Alcohólicos y geniales (III): O’Henry

William Sydney Porter, que mucho más tarde sentaría plaza de famoso narrador con el seudónimo de O’Henry, comenzó a empinar el codo ya en su primera juventud… y no dejaría de hacerlo hasta su muerte, a los cuarenta y siete años de edad, víctima de una cirrosis de hígado.

O’Henry, huérfano en la infancia, se trasladó a Texas desde su Carolina natal a los veinte años, buscando un clima favorable para sus problemas pulmonares, y desempeñó todo tipo de oficios, hasta que encauzó su vida contrayendo un feliz matrimonio  e ingresando como cajero en el First National Bank de Austin. Su carrera literaria comenzó en el “trullo”, concretamente en un penal de Ohio donde había sido internado por un desfalco cometido en el banco, después de una rocambolesca huida a Honduras, donde permaneció siete meses para escapar de la justicia y de donde regresó para estar presente junto al lecho donde agonizaba su esposa. Comenzó a escribir sus cuentos no porque en él hubiera nacido una tardía vocación literaria, sino para ganar algo de dinero en la cárcel para mantener a su pequeña hija. Obtuvo un éxito inmediato, lo cual no es de extrañar porque O’Henry es sin lugar a dudas uno de los más formidables narradores americanos de principios del siglo XX.

Desde entonces hasta su muerte, diez años después, escribió más de seiscientos relatos de mediana extensión y, nuevamente, no porque hubiera desarrollado una fértil capacidad creativa, sino para ganarse la vida a duras penas. Escribía acuciado por la necesidad y no sabemos si ayudado por la inspiración que encontraba en la botella, o a pesar de ella. Una anécdota referida a uno de sus más célebres cuentos ilustra perfectamente su tortuoso proceso creativo. Había adquirido el compromiso de entregar un relato a la semana al editor de la revista New York World para su suplemento dominical, relato que se publicaba acompañado por una ilustración. Retrasado en su entrega por enésima vez, el editor le envió al dibujante para que le explicara la sinopsis del cuento y así ir adelantando el trabajo. O’Henry no tenía ninguna idea, pero en cambio sí tenía una regular borrachera, y para salir del paso indicó que la ilustración debía representar a dos jóvenes enamorados sentados en una habitación modesta, ella con una espléndida cabellera, él con un lujoso reloj en las manos. En tres horas y media, partiendo de esta imagen y con la ayuda de una botella de whisky, escribió El regalo de los Reyes Magos, probablemente el relato que le proporcionó mayor fama, y que ha sido llevado al cine en diversas ocasiones, entre ellas en O’Henry Full House, película de episodios basada en sus cuentos, que contó con directores de la talla de Howard Hawks, Jean Negulesco o Henry Hathaway, y actores como Charles Laughton, Marilyn Monroe, Anne Baxter y Richard Widmark.

Cuenta la crónica que cuando O’Henry murió en 1910, con el hígado devastado por su impenitente alcoholismo, todo su capital ascendía a los 23 centavos de dólar que llevaba en el bolsillo.