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Desmesura. Lluvia Fina de Luis Landero

He aquí una historia inquietante, la de una familia enquistada en odios larvados, terribles, capaces de convertir en monstruos a personas aparentemente normales. En un escenario de cotidianeidad, viejas heridas ocultas afloran a partir de una iniciativa natural, la de celebrar el octogésimo cumpleaños de la madre viuda como una ocasión de recuperar la armonía, la cordialidad o la cordura, entre un grupo de hermanos y cuñados separados por diferencias aparentemente triviales que les han llevado a un distanciamiento dañino y cruel. A través de sucesivas llamadas telefónicas y las subsiguientes conversaciones, todas ellas con la interlocución de Aurora, personaje central del relato, los miembros de esta familia terrible van desvelando su alma a un lector progresivamente asqueado de tanta podredumbre moral. Su conclusión dramática, de tintes tolstoianos, parece la consecuencia lógica de un largo emascular de pasiones terribles, vulgares en cierta forma, pero profundamente tóxicas.

Desde la madre y cabeza de familia, retratada con tintes de drama lorquiano, hasta sus hijos, la primogénita Sonia y su marido Horacio, la segundogénita Andrea y el hermano pequeño, Gabriel, marido de Aurora, la familia en su conjunto se va revelando como un grupo de personas perturbadas por su historia familiar, enfermas de odio, dominadas por su pasado turbio, ponzoñosas. La pobre Aurora, cuya única culpa para ser situada en la vorágine de un volcán de odio y desprecio es ser la interlocutora ideal, la persona comprensiva que escucha a todos con paciencia y empatía, será a la postre la que pague el precio más alto por una catarsis que desvela una auténtica gusanera de indignidades y depravaciones.

El planteamiento es original y podría haber producido un relato terrible, sobrecogedor y agobiante, un viaje a lo más profundo y angustioso del alma humana. El problema es la desmesura, el exceso, que conduce a Luis Landero a la puesta en escena de una «parada de los monstruos» que acaba adquiriendo tintes caricaturescos. Todos sabemos que lo sublime está muy cerca de lo risible, basta con dejarse llevar por el exceso para convertir algo trágico en grotesco. Esto es lo que sucede con Lluvia fina, que acaba constituyéndose en un relato de trazo grueso, carente de matices y trivial. Las terribles revelaciones que van aflorando, la fría crueldad de una matriarca obsesionada con el lucro y la apariencia, la ingenuidad perversa de Sonia, el desorden mental de Andrea, las pulsiones sexuales morbosas de Horacio, la inanidad del mediocre pero endiosado Gabriel, el drama de la minusvalía mental de la pequeña Alicia, hija de este último y de Aurora, discurren desde el horror hacia lo absurdo, pierden fuerza progresivamente al hilo de lo excesivo y lo grotesco.

Construir narrativamente un grupo de personajes que encarnen la maldad en estado puro requiere de una buena dosis de sutileza. Cargar las tintas conduce invariablemente a la caricatura, y el horror y el estremecimiento se acaban transformando para el lector en mero escepticismo y, a la postre, en desinterés. Cabe preguntarse si esta narración encierra alguna parábola, si la historia de esta familia atroz es representativa de alguna disfunción social extrapolable, y la respuesta es negativa.

Tiene la novela virtudes innegables, la mayor de ellas desde mi punto de vista, reside en la acertada descripción de cómo la mente humana es capaz de alterar el recuerdo, de reconstruir el pasado de forma falaz para justificar pecados y perversiones, de erigir una historia mental tan falsa como autocomplaciente y, sobre todo, justificadora de las propias desgracias. Pero por encima de este innegable acierto argumental, se alza todo un entramado de exageraciones que convierten al conjunto narrativo en algo inverosímil. En definitiva, un relato lastrado a causa de un problema: la desmesura.

El homenaje a Machado de los poetas de la generación de los Cincuenta.

En 1959, en el curso de un fin de semana de febrero, se realizó el acto de homenaje a Antonio Machado en Collioure, localidad del sur de Francia en el departamento de Languedoc-Roussillon, donde falleció y reposan los restos del poeta. El acto, según Claude Couffon, partió de una propuesta de Juan Goytisolo, por aquel entonces residente en París, donde se dedicaba a poner a poner al día la sección de español de Gallimard: «Machado era el Dios y modelo de inquietud nacional de toda la poesía de resistencia en el interior. Goytisolo me expuso su proyecto: constituir un comité de honor y juntar en Collioure a las dos Españas». Ese comité de honor estuvo constituido por las más grandes personalidades de la cultura francesa del momento: Louis Aragon, Marcel Bataillon, Marguerite Duras, André Mauriac, Marcel Quenau, Jean Paul Sartre, Tristan Tzara, Jean Sarrailh, Simone de Beauvoir, Pierre Villar y muchos otros, y se pidió a Pablo Picasso que dibujara una guirnalda para el tarjetón de la convocatoria. También hubo otras personalidades francesas de gran relevancia que declinaron asistir, como Albert Camus. El propio Goytisolo, en su libro de memorias En los reinos de Taifa, ha negado ser el promotor de la iniciativa, que atribuye a su compañero del Partido Comunista en el exilio Benigno Rodríguez. La idea, según Goytisolo era «conmemorar el vigésimo aniversario de la muerte del poeta convocando en torno a su tumba a escritores e intelectuales antifranquistas de todas las tendencias en una ceremonia de homenaje a su figura política y literaria».

Así relata Goytisolo aquel evento: «El día veinte de febrero, nuestra comitiva de más de un centenar de personas cogió el tren de noche en la Gare d’Austerlitz. A nuestra llegada a Collioure, nos encontramos frente al hotel Quintana con los amigos venidos de Madrid, Barcelona, Ginebra y otros lugares (…) El cortejo se dirigió a la tumba del poeta, cubierta de flores para la circunstancia y don Pablo de Azcárate leyó unas palabras en medio de un tenso, emotivo silencio. Después de una comida multitudinaria, con brindis y referencias a Machado y a España, la pequeña multitud se dispersó. Hubo abrazos, píos deseos, fotos de recuerdo, despedidas». Se ha dicho que detrás del homenaje se hallaba el Partido Comunista, que envió a dos miembros de su ejecutiva: Jorge Semprún y Francesc Vicens. Al acto asistieron numerosos españoles –tanto del interior como del exilio– entre ellos se hallaban Antonio de Senillosa, representando a don Juan de Borbón, Paulino de Azcárate, Tuñón de Lara, Blas de Otero, Caballero Bonald, Ángel González, José Ángel Valente, pintores como Millares y Guinovart, y la plana mayor de la escuela de Barcelona: José Agustín Goytisolo, Gil de Biedma, Barral, Costafreda, Castellet y Ferrater. Pese al relato un tanto frío de Goytisolo, que suena decepcionado, para los españoles del interior este acto tuvo importantes repercusiones. Para los poetas asistentes no se trataba tan solo de homenajear a Machado, sino también, como escribió Celaya, de manifestarse contra el «el clima de guerra civil en el que quiere mantenernos el franquismo».

De la reunión de Collioure surgieron, o se consolidaron, dos iniciativas muy significativas para el grupo poético barcelonés: la creación de la colección de poesía Colliure, y la publicación de la antología Veinte años de poesía española, de Josep Maria Castellet, que se constituyó en el canon por excelencia de la generación del medio siglo.  La colección Colliure fue dirigida por Castellet, editada por Salinas y promovida por Barral. Se financió con aportaciones personales de los miembros del grupo; gracias a la distribución comercial realizada por medio de Seix Barral la colección al menos no perdió dinero. Constó de doce títulos, aparecidos entre 1960 y 1965, y en ellos se da la circunstancia poco usual en aquella época de ilustrar sus cubiertas con la fotografía de los autores.  Otro factor significativo de la colección Colliure es la voluntad de aproximar a dos generaciones de poetas. Gabriel Celaya fue publicado en ella, pero también estaban anunciados sendos títulos de Blas de Otero y de Eugenio de Nora que no llegaron a ver la luz. La razón de ello la apunta Castellet, al menos para el caso de Otero: «…si no lo publicamos es, sencillamente, porque no entregó el original». Hubo otras ausencias significativas, como por ejemplo la de Francisco Brines, que rechazó la oferta hecha por Gil de Biedma de incluir su libro Palabras a la oscuridad en la colección, seguramente por su deseo de distanciarse de la escuela de Barcelona, aunque posteriormente fuera incluido en la segunda antología de Castellet Un cuarto de siglo de poesía española, en 1964.

Hubo un momento de «epifanía» para Carlos Barral que fue consecuencia del acto de Collioure, una «súbita toma de conciencia» de que por encima de su capacidad para emitir casi continuamente opiniones literarias más o menos fundamentadas, era capaz de “ejercerlas”». Este fue, según Carme Riera, el germen de la colección Colliure, que la estudiosa mallorquina vincula con una «maniobra» editorial generacional, una manera de poner en escena al grupo de nuevos poetas en lengua española que se había gestado en Barcelona relacionándolos con otros poetas del resto de la Península. En este mismo sentido abunda Caballero Bonald: «En Collioure nos reunimos prácticamente todos los escritores de dentro y fuera de España –más bien de Barcelona y París– implicados en la actividad antifranquista. Allí acaba fraguándose la estrategia corporativa del grupo del Cincuenta (…) Sin duda que fue eso (…) el principal factor de cohesión del grupo, ya que en ningún caso las afinidades literarias dejaron de ser episódicas y, desde luego, muy poco significativas (…). Cuando se empezaron a remansar las aguas, cada uno las vadeó a su manera [en pos de] recuperar el cultivo de una literatura que habíamos mantenido como hibernada, en espera de poder regresar a nuestros privados cuarteles estéticos (…) Lo que de veras importa es que permanezcan algunas personalidades aisladas. Y eso ya ha ocurrido». De igual manera, el homenaje a Machado en Collioure ejerce su influencia en la antología Veinte años de poesía española, de Castellet, concebida bajo la «advocación» del poeta muerto en el exilio. Y pese a ello, Carme Riera afirma de manera tajante que a Barral «Antonio Machado no le interesa ni poco ni mucho ni nada», y añade que no existe la más mínima influencia de éste en la obra poética del editor. Porque en definitiva el homenaje a Machado en Collioure veinte años después de su muerte fue sobre todo un acto político, un encuentro promovido por el Partido Comunista en el exilio, al que se adhirieron con entusiasmo «juvenil» un puñado de poetas españoles del «interior» que expresaron de esta forma su compromiso antifranquista. La colección Colliure y la antología de Castellet vinieron después. Todo ello no menoscaba el mérito de esos jóvenes poetas que en cierta forma se la jugaron ‒tenían el convencimiento de que serían objeto de escrutinio por parte de la policía española, como se explica más adelante‒, y no resulta aventurado pensar que para Barral esta «celebración» tuvo consecuencias personales, y que influyó en su decisión de apostar abiertamente por una política editorial social e ideológicamente comprometida cuya primera consecuencia fue su decidido apoyo al movimiento narrativo del Realismo Social, que a la larga provocaría su consideración de personaje desafecto ante las instancias oficiales y le llevaría a chocar repetidamente con el servicio de censura.

La anécdota «chusca» de Collioure es la del falso policía de la foto. Este asunto parte de la conciencia de los participantes de estar realizando un acto reivindicativo y, por tanto, de oposición al régimen, que sería inevitablemente vigilado por las fuerzas del orden franquistas. Dice Castellet: «…no dejaba de ser un acto político que pasaba al lado mismo de la frontera española y evidentemente habría observadores o policías del franquismo». Según el relato de Barral durante la estancia en Collioure existió la certeza de que había policías infiltrados; José Agustín Goytisolo creyó identificar uno en una persona de conducta «sospechosa», que al final resultó ser el erudito Francesc Vicens, que representaba en el homenaje al Partido Comunista. Barral, años después, contemplando una fotografía tomada en aquel acto, junto a un grupo nutrido de poetas, Gil de Biedma, Costafreda, Caballero Bonald, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Valente y él mismo, identificó entre ellos a un desconocido, que no podía ser otro que el policía. El tiempo ha demostrado que se trataba de un zaragozano llamado Alfredo Castellón, que posteriormente desarrollaría una carrera como cineasta y realizador de televisión. La anécdota es irrelevante, excepto por su ejemplaridad respecto al clima de «paranoia» colectiva que se experimentaba en aquella época y la conciencia compartida de que se vivía en una sociedad vigilada.

Alcohólicos y geniales (V): Joseph Roth

Joseph Roth es unánimemente considerado uno de los mayores narradores de la primera mitad del siglo xx. Su obra hoy en día no es muy popular, pero los expertos coinciden en su gran calidad literaria. Roth fue un judío nacido en la región de Galitzia, por aquel entonces parte de imperio austrohúngaro, y participó en la Gran Guerra encuadrado en un regimiento de tiradores. Fue probablemente esta experiencia la que inspiró su novela más célebre, La marcha Radetzky, en la que a través de tres generaciones de una familia, los Trotta, beneficiada por el favor del emperador, se narra el declive y caída del imperio de los Habsburgo, y es tenida por la crónica más certera de la desaparición de un mundo y de un estilo de vida periclitado. Ejerció el periodismo en diversas ciudades, sobre todo en Berlín, y con el ascenso de Hitler al poder se vio obligado a exilarse en París, donde murió en 1939 víctima del alcoholismo.

La leyenda del santo bebedor es la última obra salida de su pluma, poco antes de morir. En España fue publicada por Anagrama en 1981 y su editor, Jorge Herralde, encargó a Carlos Barral un prólogo. Al gran poeta, memorialista y editor no le podía pasar desapercibido el hecho de que, tratándose de una nouvelle que narra  los últimos días en la vida de un clochard, un alcohólico terminal, Herralde le consideraba idóneo porque él mismo fue un gran bebedor, y en alguno de sus escritos ‒incluido obviamente este prólogo‒ expuso de forma meridiana su punto de vista, favorable al consumo social de alcohol y despectivo con respecto a los abstemios, «cínicos frustrados» que se apoyan en argumentos de una «sanidad inhumana, mecanicista», y que «ignoran la gloria de los paraísos artificiales, el aliento a la imaginación creativa, la mitigación de las timideces y la burbuja de cordialidad y de solidaridad con la que el alcohol envuelve a los que lo aprecian».

Explica Barral comentando el largo relato cómo «el vino santifica, en cierto modo diviniza», lo que justifica los hechos milagrosos vividos por el protagonista, Andreas, antes de su fallecimiento: como dice Roth en la obra, «Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan divina y hermosa muerte». En un epílogo escrito por Hermann Kesten, el también escritor narra su último encuentro con Roth en un café de París poco antes de su muerte: «Delante de Roth había uno o dos vasos que contenían una mezcla amarillo verdosa (absenta) y media docena de posavasos, que servían para que los camareros parisienses calcularan cuánto habían bebido sus clientes». Pero según Kesten, la embriaguez tornaba a Roth una persona lúcida, tolerante y cariñosa, con una «sonrisa empañada de melancólica inteligencia».

Joseph Roth fue, a su modo, también un «santo bebedor», como lo fue el propio Barral y tantos y tantos otros eminentes literatos.