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Nevaba en Berlín

El próximo mes de enero será publicada por Espasa Calpe la novela Nevaba en Berlín, del debutante Dan Vyleta. Según el texto de la solapa del libro, Dan Vyleta es un escritor de origen checo, criado en Alemania, doctor en historia por la universidad de Cambridge y residente en Edmonton (Canadá). El título original de la novela es Pavel and I, tan poco sugestivo como el que se ha adoptado para la edición española, aunque más acorde con la esencia de la trama. Francamente, que nevara o no en Berlín es prácticamente irrelevante en el argumento de la novela, por lo que en este caso la -para mí- inadecuada costumbre de cambiar el título original de las novelas resulta especiamente chocante. A salvo de esto diré que se trata de una excelente opera prima: un thriller de espionaje ambientado en el Berlín de la inmediata postguerra mundial, sumido en la destrucción, la desolación y el frío, magistralmente descrito por el autor, que no en vano residió durante cinco años en la ciudad. La trama, a grandes rasgos, se sustenta en la disputa entre los servicios secretos británico, americano y soviético por un microfilm que debe conducir a la localización de un científico nazi, desaparecido tras la caída del Reich, a quien todos quieren “reclutar” para sus propios fines, el desarrollo de armas atómicas. El protagonista, Pavel Richter, es un soldado americano desmovilizado, a cuya casa va a parar el microfilm empaquetado en el cadáver de un enano espía alemán al servicio de los rusos. En la nómina de personajes figuran además Sonia, una prostituta de lujo; Anders, un golfillo buscavidas; el coronel Fosko, obeso, amoral y despiadado jefe del servicio secreto británico; Peterson, agente británico especialista en interrogatorios y torturas; y Karpov, jefe de la inteligencia soviética. Todos ellos tienen una sola cosa en común, la fascinación que les suscita Pavel Richter, que desemboca respectivamente en amor, devoción filial, admiración, fraternidad y respeto. Lógicamente no vamos aquí a “destripar” la trama, y tan solo señalaremos que a la novela no le falta de nada: violencia, sexo, perversión, intriga, acción, reflexión… Nevaba en Berlín es mucho más que un mero thriller brillantemente construido y desarrollado. Es también una descripción de las lacras de la guerra, una reflexión profunda sobre la condición humana y un análisis certero de sentimientos como el amor, la amistad, la empatía, la crueldad, la violencia… Estamos, pues, ante el descubrimiento de un autor, Dan Vyleta, cuya primera novela augura un futuro brillantísimo en el Olimpo de los grandes (y muy comerciales) autores de best-sellers.

Pero quisiéramos detenernos en la frase que la editorial ha insertado en la contracubierta del libro: “Una historia en la que resuenan los ecos de El Tercer Hombre”. No en vano nuestra querida amiga Miryam Galaz, editora de ficción de Espasa Calpe, exige a sus “lectores” (profesionales de la lectura editorial) que al analizar un original indiquen con qué película lo identifican. En este caso estaba “cantado” por tratarse en ambos casos de un thriller ambientado en la postguerra mundial (en Berlín en un caso, en Viena el otro; basado en la persecución de un científico atómico el primero y en el mercado negro de penicilina el segundo). Y, sin embargo, el propio Dan Vyleta en una entrevista en la revista digital Raincoast books ha negado esta influencia en su novela, a pesar de reconocer la fascinación que le suscita El tercer hombre.

Ello nos lleva directamente a tratar de la magnífica película de Carol Reed, impresa a fuego en la memoria del espectador gracias en buena medida a la popular melodía de la cítara de Anton Karas (machacada inmisericordemente en las máquinas tragaperras de los bares), a la interpretación magistral de Orson Welles, a esa imagen evocadora de la noria del Prater de Viena y, sobre todo, a la magnífica fotografía en blanco y negro de Robert Krasker que proporcionó a la película su único Oscar.

Se ha dicho injustamente que la indudable calidad de El tercer hombre debe más al talento de Orson Welles que a la dirección de Carol Reed. Esto supone ignorar la categoría del director inglés cuya filmografía, aunque desgraciadamente corta, es excelente y dotada de un amplio registro; baste recordar películas como Larga es la noche, El ídolo caído (también basada en un relato de Graham Green) o el musical Oliver, inspirado en el Oliver Twist de Dickens y ganador de un Oscar de Hollywood. Por cierto, uno de los protagonistas de este último es el conocido actor británico Oliver Reed, sobrino del director. Pero, evidentemente, hay que reconocer y resaltar el talento descomunal de Orson Welles no solo como director, sino también en la interpretación (magistral protagonista de casi todas sus películas y de algunas ajenas), así como el de Joseph Cotten y Trevor Howard, y también la solidez y fascinación del guión de Graham Green (ya dijimos en un post anterior que El tercer hombre fue originalmente un guión cinematográfico, convertido después en novela).

Uno de los momentos mágicos de la película es la secuencia de la persecución de Harry Lime a través de la red del alcantarillado de Viena, que inevitablemente nos lleva a rememorar una escena similar de otra de las grandes películas de la historia del cine: M. Vampiro de Dusseldorf, de Fritz Lang. Maestro del expresionismo alemán, Lang es recordado sobre todo por las películas de su etapa americana (Furia, La mujer del cuadro, etc.), pero es preciso resaltar que antes de su exilio americano, prófugo del nazismo, atesoraba una carrera extraordinaria como director, desde el entrañable ciclo dedicado al Doctor Mabuse, hasta Metrópolis o M. Vampiro de Dusseldorf. Recordemos la trama de la película: Hans Beckert es un psicópata asesino de niñas (inspirado en el caso real de Franz Kurten), cuyos crímenes horrorizan a la sociedad y movilizan a la policía en su busca; la acción intensiva de ésta interfiere en las actividades habituales del hampa local, que buscando un regreso a la “normalidad” se moviliza a su vez en paralelo a la policía para descubrir y detener al asesino; un vagabundo le localiza y traza con tiza una M (de “mörder”, asesino) en la espalda de su abrigo; marcado con esta señal es atrapado por los hampones, vagabundos y prostitutas que le acechan; es trasladado a las catacumbas del alcantarillado de la ciudad (escena a la que nos referíamos más arriba) y sometido a una parodia de juicio sumario, en el que el psicópata se defiende con un memorable discurso, en el que declara que él es víctima de una pulsión irrefrenable que le impele a cometer sus crímenes, pero que la chusma que pretende juzgarle, a pesar de disponer del libre albedrío para decidir sus actos, no es más que la escoria de la sociedad, dedicada a la delincuencia y la crápula.

La película es extraordinaria por muchos motivos. La magnífica fotografía en blanco y negro de Fritz Arno Wagner; la eficaz creación de un ambiente inquietante y opresivo; los geniales recursos de Lang, como por ejemplo la melodía que silba el asesino cuando se dispone a actuar (el Peer Gynt, de Grieg), que por sí misma es capaz de sumir al espectador en un estado de ansiedad ante la inminencia de un nuevo crimen; y, por supuesto, la extraordinaria interpretación de un joven Peter Lorre, cuyo rostro enfermizo y atormentado constituye un elemento esencial de la puesta en escena. Ambientada en la época de la República de Weimar, en pleno ascenso del nazismo, la película retrata una sociedad postrada y enferma de angustia, en la que el “psicópata” constituye un paradigma que anticipa la eclosión de ese otro monstruo que fue el Tercer Reich hitleriano.

El expresionismo cinematográfico alemán, articulado en torno a la magnifica productora UFA y a las figuras de su director Erich Pommer, los realizadores Lang, Wiene, Murnau, Pabst, von Stemberg, etc., guionistas como Thea von Harbou (esposa de Fritz Lang y ferviente seguidora del nazismo, de quien el director se separó en su huida a América), directores de fotografía, iluminadores y decoradores, es una de las cumbres de la historia del cine mundial. Su recuerdo es lamentablemente ignorado por las jóvenes generaciones, pero películas como M, Vampiro de Dusseldorf, El gabinete del doctor Caligari, Nosferatu, Metrópolis, La caja de Pandora, etc. constituyen, indudablemente, monumentos imperecederos del séptimo arte.

Un paseo literario por la Rue Jacob

Escribe Manuel Rodríguez Rivero en su habitual columna del diario El País sobre la Librairie Espagnole de la Rue de Seine, de París, indisolublemente ligada a su educación sentimental por haber adquirido en ella, a finales de los años sesenta, un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuya lectura le descubrió el fascinante universo de esa “estimulante literatura procedente de América Latina”. Leer esta magnífica columna ha despertado en mí a su vez la evocación de dos episodios pertenecientes a mi propio bagaje sentimental, incitándome a escribir estas reflexiones.

Lamentablemente, y sé bien que voy a ser crucificado por esta opinión, no se trata de la evocación de Rayuela, novela que leí en su día con la misma fascinación que el resto de mi generación, pero que, releída hace apenas un año (los “viejecitos” como yo, a menudo, hastiados de nuevas e insulsas narrativas, tendemos a la relectura de aquellas novelas que antaño nos emocionaron), me decepcionó notablemente: mi recuerdo era mucho más grandioso que la realidad de una novela bastante “tramposa”, aunque manifestamente capaz de “epatar” a los jóvenes pazguatos que entonces éramos.

No. Mi evocación retrocedió a un tiempo también lejano en que Manuel Rodríguez Rivero y yo compartimos el duro banco de las galeras espasianas, él como flamante director literario de la gloriosa editorial, yo como responsable de Enciclopedias, y, ambos, como recien llegados que no gozábamos de las prebendas del personal más antiguo: una jornada laboral continuada de ocho a tres durante todo el año, y ni siquiera la libranza de la tarde del viernes de la que disfrutaban nuestras jóvenes (y bellas) compañeras editoras. Lo compensábamos, todo sea dicho, regalándonos los viernes, en compañía de Juanito González y Arturo Rodríguez -también sometidos a nuestro horario-, copiosas, suculentas y bien regadas comilonas que, ay, no mejoraban en absoluto nuestra productividad vespertina, pero nos reconciliaban placenteramente con la existencia. Sé que Manolo no fue demasiado feliz en aquella etapa laboral… tan solo puedo señalar que nuestro flamante director literario no llegó a conocer lo peor, que aún estaba por llegar.

Mi segunda evocación enlaza con sus recuerdos librescos de la parisina Rue de Seine, y viene ligada a un glorioso paseo literario por la Rue Jacob, también enclavada en Saint Germain des Prés, y que nace justamente en la intersección con la Rue du Seine, donde se halla la coqueta Place de Furstemberg. Se trata de una calle pequeña, apenas dos o tres manzanas antes de confluir en la Rue de l’Université, en el cruce con la Rue des Saintes-Pères. Una calle minúscula, pero todo un paraíso para los amantes de los libros.

La Rue Jacob es célebre porque en ella residieron grandes genios, como Racine, Delacroix, Wagner, Hemingway (¿en dónde no habrá estado este hombre?), Thomas Jefferson y Franklin. Éste último, en concreto, con ocasión del la firma de Tratado de Independencia de Estados Unidos, puesto que la embajada británica estaba enclavada precisamente en un hermoso edificio del siglo XVIII, que en la actualidad es el Hotel d’Anglaterre, uno de los cinco coquetos hoteles que existen en la calle. Este hecho histórico se recuerda en una placa que adorna su fachada (ya saben, una placa, esas cosas tan comunes en países como Francia y el Reino Unido que honran el recuerdo de próceres y grandes artistas, y que en España se intentan poner en el Congreso de los Diputados en memoria de monjas reaccionarias, lo que acaba suscitando divertidas polémicas entre nuestros más preclaros escritores).

   La Rue Jacob es una de las más “chic” de Saint Germain des Prés, y en ella encontramos diversas tiendas glamourosas de ropa y decoración, y sobre todo, numerosas librerías. Si iniciamos nuestro paseo desde la Rue de Seine, encontramos en primer lugar, la librería-editorial La Martinière-Le Seuil, cuyos escaraparates lucen la gran variedad de su producto editorial, literatura, humanidades, “beaux livres”, fotografía, fonoteca, libro práctico, naturaleza, paisaje, libro infantil, cómic… Su escaparate está adornado con fotografías enmarcadas de sus principales autores. Justo al lado se halla la editorial J.C. Lattes, y enfrente, La Maison Rustique, una librería especializada en temas de naturaleza: jardinería, decoración, “herbiers”, así como libros ilustrados y “beaux livres”. Justo después llegamos a Outremer, librerie maritime, que como su nombre indica se especializa en el mar y la navegación. Siguiendo nuestro paseo llegamos hasta la editorial L’Ouevre Éditions, especializada en libros infantiles, sin que falten los omnipresentes “beaux livres”, así como guías ilustradas y libros de cocina;  más adelante está la imponente librería de anticuario Frédéric Castaign, donde podemos disfrutar de cartas autógrafas, manuscritos y documentos históricos. Cerca del final de la calle está la Librerie des Femmes, especializada en narrativa y ensayo de autoras femeninas, y que es además un agradable punto de encuentro, pues posee un amplio espacio adornado con butacas en el que sus clientes pueden ojear cómodamente los libros para decidir su compra. Por último, casi en la confluencia con la Rue de l’Université, se halla la Librairie Alain Brieux, también de anticuario, cuyos escaparates exhiben hermosas láminas y grabados. Pero eso no es todo, en las recoletas bocacalles que salen de Rue Jacob encontramos aún más librerías. En la Rue Saint Benoît, a mano izquierda, se encuentra A Saint Benoît des Prés, también librería anticuaria, con autógrafos, documentos, libros de fotografía, etc, y a mano derecha en la Rue l’Échaudé, está la Librairie Marine et Voyages, con libros antiguo y modernos dedicados al tema del mar y la aventura, y un poco más adelante la Librairie des Près, cuya fachada exhibe el siguiente rótulo: “Une petite librairie au service de la petite édition”, que casi arranca las lágrimas del que esto escribe.

Evidentemente, esta extraordinaria concentración de libreros y editores en la pequeña Rue Jacob, es tan solo una pequeña muestra de su abundante presencia en Saint Germain des Prés, y en todo el Sexto Arrondisement, donde también se halla el Barrio Latino. Al final de nuestro agradable paseo podemos tomar asiento en la terraza de alguno de los pequeños y agradables bistrot para beber un fresco bock de cerveza o consumir poco a poco una botella de excelente burdeos, aguardando la hora de la cena o el comienzo del primer pase de jazz en vivo, y reflexionando resignadamente sobre quién nos mandaría meternos a editores en Madrid, existiendo lugares tan extraordinarios como la Rue Jacob.

En fin, Manolo, las cosas de la vida no siempre discurren por los cauces que quisiéramos, pero, como le dijo Rick a Ilsa antes de que tomara el avión, ¡siempre nos quedará París!

Kinkón, y otros neologismos

Leíamos en El País de ayer la iniciativa de una agencia de publicidad de proponer a la Real Academia Española la inclusión de un neologismo en el DRAE: “kinkón”, un adjetivo formado a partir del nombre del celebre gorila gigante King Kong, protagonista de la película del mismo nombre dirigida y producida por Meriam C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, estrenada en 1933. El significado del mismo sería algo así como “persona víctima de un amor imposible”, como el que experimenta el desmesurado simio hacia la bella Ann Darrow, interpretada por Fray Wray (imposible reprochárselo). La iniciativa ha sido rechazada por el secretario de la Academia José Manuel Blecua, con el alambicado argumento de que tal propuesta ignora la “cualidad del nombre propio en nuestra lexicografía”, cuando lo más fácil hubiera sido decir que en español, cuando se dice de alguien que es un “king-kong”, lo que el pueblo llano entiende es que el individuo al que se aplica tal “adjetivo” es un tipo grandote y forzudo, no dotado de especial belleza, y casi nadie asociaría el calificativo con un amante platónico atrapado en un amor imposible. El argumento de Blecua ha sido ampliamente contestado por numerosos interlocutores, que han recordado cómo determinados nombres propios -sobre todo de personajes arquetípicos procedentes de la literatura, el cine y otros orígenes- derivan en adjetivos y sustantivos que caracterizan su cualidad más eminente. Así, como se recuerda en el artículo de El País, “robinsón” (por náufrago, según el personaje de De Foe), “donjuán” (seductor, por el personaje de Zorrilla) o “lolita” (adolescente descocada, por el de Nabokov). A estos se podrían añadir muchísimos más: “travolta” (por el actor John Travolta, el Tony Manero de Fiebre del sábado noche), “sansón” (forzudo bíblico azote de filisteos), “mesalina” (por la promiscua esposa del emperador Claudio), e incluso otros sacados del cine de serie B, como el que estuvo muy de moda cuando yo era niño (es decir, en el Pleistoceno): “maciste”, sinónimo de “cachas”, por el simpático personaje del “peplum” italiano.

Pero a mí en particular este suceso, que no trasciende de la mera anécdota, me ha llevado a reflexionar sobre la pertinencia del discurso de ingreso en la RAE de nuestro más reciente académico, el director de cine José Luis Borau, que hace dos domingos ocupó el sillón B mayúscula vacante en la “docta casa” por la pérdida del llorado Fernando Fernán Gómez. Versó dicho discurso sobre la huella dejada por el cine en el lenguaje, y en él aparece mencionado por primera vez, que yo sepa, el neologismo que encabeza este artículo: “Cuando el mono, o su epígono el hombre, superan cualquier proporción habitual –un guardaespaldas o un luchador, por ejemplo– se convierten sencillamente en kinkones” . Por tanto, la iniciativa del “creativo” Jorge López, de la agencia de publicidad Vitruvio-Leo Burnett, no es exactamente original, sino inspirada en las palabras del estupendo director español y flamante nuevo académico.

Se refería Borau en su discurso de ingreso a la aportación del cinematógrafo al bagaje léxico del español y el resto de los idiomas, y no solamente con su jerga especializada, que se ha ido incorporando al habla común: primer plano, flash back, thriller, play back, y un largo etcétera, sino también con expresiones: “el malo de la película”, “unas vacaciones de cine”, y con sustantivos y adjetivos que procedentes del cine se han incorporado con naturalidad y éxito al habla común. A los ejemplos más arriba citados se pueden añadir muchos otros: un “tarzán” por alguien esbelto y musculado, por citar uno más. Y, obviamente, el texto de Borau no podía pasar desapercibido para este “blogg“, que desde su inicio viene versando sobre las relaciones entre literatura y cine.

 

Quisiéramos, finalmente, referirnos a una circunstancia vivida personamente por el que esto escribe que se relaciona, aunque tangencialmente, con el propio José Luis Borau y con la celebérrima película King Kong. A ningún aficionado al cine se le escapa que buena parte del éxito del filme proviene de la habilidad del técnico especialista Willis O’Brian, creador del gorila gigante. Con las limitaciones técnicas de la época, que hoy en día nos parecen enormes en comparación con los avances de la tecnología digital, O’Brian creó un King Kong que, no solo se movía e “intrepretaba” con verosimilitud, sino que era perfectamente capaz de transmitir emociones (su fascinación enamorada por Fray Wray), y que se convirtió en un (uno más) icono imperecedero en el imaginario del siglo XX, en la escena en que el gorila gigante trepa hasta lo más alto del Empire State Building en busca de su trágico destino, abatido por el enjambre de aviones que le acaban destruyendo. Eclipsados por el prestigio de actores y directores, un grupo de geniales especialistas en el trucaje permitieron en buena medida que el cine se convirtiera en la pasada centuria en una auténtica “Fábrica de Sueños”. Uno de ellos, heredero del “trono” del mítico Harrihausen, fue el español Emilio Ruiz del Río, creador de los trucajes de películas tan emblemáticas como Doctor Zhivago, Dune, Conan el Bárbaro y un largo etcétera (por ejemplo: Emilio Ruiz fue el responable de la recreación de la escena en que el Dodge Dart del almirante Carrero Blanco vuela por los aires en la película Operación Ogro), inventor de una técnica magistral basada en la pintura sobre chapa, un avance que permitió a los directores poner en escena las ideas más atrevidas, y, en definitiva, una de las grandes personalidades “desconocidas” del cine español. Yo tuve el privilegio de ser el editor de su libro Rodando por el mundo, publicado con motivo del homenaje que recibió de la Semana de Cine Experimental de Madrid, precisamente por la pequeña editorial cinematográfica que dirigía José Luis Borau, un libro de memorias realmente fascinante.

Larga vida al cine, a la literatura… y al idioma español, enriquecido con neologismos eficaces y pertinentes: lolitas, travoltas y tarzanes. Y también “kinkones”, pero no como “amantes platónicos” como quiere el publicista Jorge López, sino como los monos u hombres que superan cualquier proporción habitual, como expresó con tanta justeza el maestro Borau en su discurso de ingreso en la “docta casa” de la calle Felipe IV.