Blog

Un paseo literario por la Rue Jacob

Escribe Manuel Rodríguez Rivero en su habitual columna del diario El País sobre la Librairie Espagnole de la Rue de Seine, de París, indisolublemente ligada a su educación sentimental por haber adquirido en ella, a finales de los años sesenta, un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuya lectura le descubrió el fascinante universo de esa “estimulante literatura procedente de América Latina”. Leer esta magnífica columna ha despertado en mí a su vez la evocación de dos episodios pertenecientes a mi propio bagaje sentimental, incitándome a escribir estas reflexiones.

Lamentablemente, y sé bien que voy a ser crucificado por esta opinión, no se trata de la evocación de Rayuela, novela que leí en su día con la misma fascinación que el resto de mi generación, pero que, releída hace apenas un año (los “viejecitos” como yo, a menudo, hastiados de nuevas e insulsas narrativas, tendemos a la relectura de aquellas novelas que antaño nos emocionaron), me decepcionó notablemente: mi recuerdo era mucho más grandioso que la realidad de una novela bastante “tramposa”, aunque manifestamente capaz de “epatar” a los jóvenes pazguatos que entonces éramos.

No. Mi evocación retrocedió a un tiempo también lejano en que Manuel Rodríguez Rivero y yo compartimos el duro banco de las galeras espasianas, él como flamante director literario de la gloriosa editorial, yo como responsable de Enciclopedias, y, ambos, como recien llegados que no gozábamos de las prebendas del personal más antiguo: una jornada laboral continuada de ocho a tres durante todo el año, y ni siquiera la libranza de la tarde del viernes de la que disfrutaban nuestras jóvenes (y bellas) compañeras editoras. Lo compensábamos, todo sea dicho, regalándonos los viernes, en compañía de Juanito González y Arturo Rodríguez -también sometidos a nuestro horario-, copiosas, suculentas y bien regadas comilonas que, ay, no mejoraban en absoluto nuestra productividad vespertina, pero nos reconciliaban placenteramente con la existencia. Sé que Manolo no fue demasiado feliz en aquella etapa laboral… tan solo puedo señalar que nuestro flamante director literario no llegó a conocer lo peor, que aún estaba por llegar.

Mi segunda evocación enlaza con sus recuerdos librescos de la parisina Rue de Seine, y viene ligada a un glorioso paseo literario por la Rue Jacob, también enclavada en Saint Germain des Prés, y que nace justamente en la intersección con la Rue du Seine, donde se halla la coqueta Place de Furstemberg. Se trata de una calle pequeña, apenas dos o tres manzanas antes de confluir en la Rue de l’Université, en el cruce con la Rue des Saintes-Pères. Una calle minúscula, pero todo un paraíso para los amantes de los libros.

La Rue Jacob es célebre porque en ella residieron grandes genios, como Racine, Delacroix, Wagner, Hemingway (¿en dónde no habrá estado este hombre?), Thomas Jefferson y Franklin. Éste último, en concreto, con ocasión del la firma de Tratado de Independencia de Estados Unidos, puesto que la embajada británica estaba enclavada precisamente en un hermoso edificio del siglo XVIII, que en la actualidad es el Hotel d’Anglaterre, uno de los cinco coquetos hoteles que existen en la calle. Este hecho histórico se recuerda en una placa que adorna su fachada (ya saben, una placa, esas cosas tan comunes en países como Francia y el Reino Unido que honran el recuerdo de próceres y grandes artistas, y que en España se intentan poner en el Congreso de los Diputados en memoria de monjas reaccionarias, lo que acaba suscitando divertidas polémicas entre nuestros más preclaros escritores).

   La Rue Jacob es una de las más “chic” de Saint Germain des Prés, y en ella encontramos diversas tiendas glamourosas de ropa y decoración, y sobre todo, numerosas librerías. Si iniciamos nuestro paseo desde la Rue de Seine, encontramos en primer lugar, la librería-editorial La Martinière-Le Seuil, cuyos escaraparates lucen la gran variedad de su producto editorial, literatura, humanidades, “beaux livres”, fotografía, fonoteca, libro práctico, naturaleza, paisaje, libro infantil, cómic… Su escaparate está adornado con fotografías enmarcadas de sus principales autores. Justo al lado se halla la editorial J.C. Lattes, y enfrente, La Maison Rustique, una librería especializada en temas de naturaleza: jardinería, decoración, “herbiers”, así como libros ilustrados y “beaux livres”. Justo después llegamos a Outremer, librerie maritime, que como su nombre indica se especializa en el mar y la navegación. Siguiendo nuestro paseo llegamos hasta la editorial L’Ouevre Éditions, especializada en libros infantiles, sin que falten los omnipresentes “beaux livres”, así como guías ilustradas y libros de cocina;  más adelante está la imponente librería de anticuario Frédéric Castaign, donde podemos disfrutar de cartas autógrafas, manuscritos y documentos históricos. Cerca del final de la calle está la Librerie des Femmes, especializada en narrativa y ensayo de autoras femeninas, y que es además un agradable punto de encuentro, pues posee un amplio espacio adornado con butacas en el que sus clientes pueden ojear cómodamente los libros para decidir su compra. Por último, casi en la confluencia con la Rue de l’Université, se halla la Librairie Alain Brieux, también de anticuario, cuyos escaparates exhiben hermosas láminas y grabados. Pero eso no es todo, en las recoletas bocacalles que salen de Rue Jacob encontramos aún más librerías. En la Rue Saint Benoît, a mano izquierda, se encuentra A Saint Benoît des Prés, también librería anticuaria, con autógrafos, documentos, libros de fotografía, etc, y a mano derecha en la Rue l’Échaudé, está la Librairie Marine et Voyages, con libros antiguo y modernos dedicados al tema del mar y la aventura, y un poco más adelante la Librairie des Près, cuya fachada exhibe el siguiente rótulo: “Une petite librairie au service de la petite édition”, que casi arranca las lágrimas del que esto escribe.

Evidentemente, esta extraordinaria concentración de libreros y editores en la pequeña Rue Jacob, es tan solo una pequeña muestra de su abundante presencia en Saint Germain des Prés, y en todo el Sexto Arrondisement, donde también se halla el Barrio Latino. Al final de nuestro agradable paseo podemos tomar asiento en la terraza de alguno de los pequeños y agradables bistrot para beber un fresco bock de cerveza o consumir poco a poco una botella de excelente burdeos, aguardando la hora de la cena o el comienzo del primer pase de jazz en vivo, y reflexionando resignadamente sobre quién nos mandaría meternos a editores en Madrid, existiendo lugares tan extraordinarios como la Rue Jacob.

En fin, Manolo, las cosas de la vida no siempre discurren por los cauces que quisiéramos, pero, como le dijo Rick a Ilsa antes de que tomara el avión, ¡siempre nos quedará París!

Kinkón, y otros neologismos

Leíamos en El País de ayer la iniciativa de una agencia de publicidad de proponer a la Real Academia Española la inclusión de un neologismo en el DRAE: “kinkón”, un adjetivo formado a partir del nombre del celebre gorila gigante King Kong, protagonista de la película del mismo nombre dirigida y producida por Meriam C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, estrenada en 1933. El significado del mismo sería algo así como “persona víctima de un amor imposible”, como el que experimenta el desmesurado simio hacia la bella Ann Darrow, interpretada por Fray Wray (imposible reprochárselo). La iniciativa ha sido rechazada por el secretario de la Academia José Manuel Blecua, con el alambicado argumento de que tal propuesta ignora la “cualidad del nombre propio en nuestra lexicografía”, cuando lo más fácil hubiera sido decir que en español, cuando se dice de alguien que es un “king-kong”, lo que el pueblo llano entiende es que el individuo al que se aplica tal “adjetivo” es un tipo grandote y forzudo, no dotado de especial belleza, y casi nadie asociaría el calificativo con un amante platónico atrapado en un amor imposible. El argumento de Blecua ha sido ampliamente contestado por numerosos interlocutores, que han recordado cómo determinados nombres propios -sobre todo de personajes arquetípicos procedentes de la literatura, el cine y otros orígenes- derivan en adjetivos y sustantivos que caracterizan su cualidad más eminente. Así, como se recuerda en el artículo de El País, “robinsón” (por náufrago, según el personaje de De Foe), “donjuán” (seductor, por el personaje de Zorrilla) o “lolita” (adolescente descocada, por el de Nabokov). A estos se podrían añadir muchísimos más: “travolta” (por el actor John Travolta, el Tony Manero de Fiebre del sábado noche), “sansón” (forzudo bíblico azote de filisteos), “mesalina” (por la promiscua esposa del emperador Claudio), e incluso otros sacados del cine de serie B, como el que estuvo muy de moda cuando yo era niño (es decir, en el Pleistoceno): “maciste”, sinónimo de “cachas”, por el simpático personaje del “peplum” italiano.

Pero a mí en particular este suceso, que no trasciende de la mera anécdota, me ha llevado a reflexionar sobre la pertinencia del discurso de ingreso en la RAE de nuestro más reciente académico, el director de cine José Luis Borau, que hace dos domingos ocupó el sillón B mayúscula vacante en la “docta casa” por la pérdida del llorado Fernando Fernán Gómez. Versó dicho discurso sobre la huella dejada por el cine en el lenguaje, y en él aparece mencionado por primera vez, que yo sepa, el neologismo que encabeza este artículo: “Cuando el mono, o su epígono el hombre, superan cualquier proporción habitual –un guardaespaldas o un luchador, por ejemplo– se convierten sencillamente en kinkones” . Por tanto, la iniciativa del “creativo” Jorge López, de la agencia de publicidad Vitruvio-Leo Burnett, no es exactamente original, sino inspirada en las palabras del estupendo director español y flamante nuevo académico.

Se refería Borau en su discurso de ingreso a la aportación del cinematógrafo al bagaje léxico del español y el resto de los idiomas, y no solamente con su jerga especializada, que se ha ido incorporando al habla común: primer plano, flash back, thriller, play back, y un largo etcétera, sino también con expresiones: “el malo de la película”, “unas vacaciones de cine”, y con sustantivos y adjetivos que procedentes del cine se han incorporado con naturalidad y éxito al habla común. A los ejemplos más arriba citados se pueden añadir muchos otros: un “tarzán” por alguien esbelto y musculado, por citar uno más. Y, obviamente, el texto de Borau no podía pasar desapercibido para este “blogg“, que desde su inicio viene versando sobre las relaciones entre literatura y cine.

 

Quisiéramos, finalmente, referirnos a una circunstancia vivida personamente por el que esto escribe que se relaciona, aunque tangencialmente, con el propio José Luis Borau y con la celebérrima película King Kong. A ningún aficionado al cine se le escapa que buena parte del éxito del filme proviene de la habilidad del técnico especialista Willis O’Brian, creador del gorila gigante. Con las limitaciones técnicas de la época, que hoy en día nos parecen enormes en comparación con los avances de la tecnología digital, O’Brian creó un King Kong que, no solo se movía e “intrepretaba” con verosimilitud, sino que era perfectamente capaz de transmitir emociones (su fascinación enamorada por Fray Wray), y que se convirtió en un (uno más) icono imperecedero en el imaginario del siglo XX, en la escena en que el gorila gigante trepa hasta lo más alto del Empire State Building en busca de su trágico destino, abatido por el enjambre de aviones que le acaban destruyendo. Eclipsados por el prestigio de actores y directores, un grupo de geniales especialistas en el trucaje permitieron en buena medida que el cine se convirtiera en la pasada centuria en una auténtica “Fábrica de Sueños”. Uno de ellos, heredero del “trono” del mítico Harrihausen, fue el español Emilio Ruiz del Río, creador de los trucajes de películas tan emblemáticas como Doctor Zhivago, Dune, Conan el Bárbaro y un largo etcétera (por ejemplo: Emilio Ruiz fue el responable de la recreación de la escena en que el Dodge Dart del almirante Carrero Blanco vuela por los aires en la película Operación Ogro), inventor de una técnica magistral basada en la pintura sobre chapa, un avance que permitió a los directores poner en escena las ideas más atrevidas, y, en definitiva, una de las grandes personalidades “desconocidas” del cine español. Yo tuve el privilegio de ser el editor de su libro Rodando por el mundo, publicado con motivo del homenaje que recibió de la Semana de Cine Experimental de Madrid, precisamente por la pequeña editorial cinematográfica que dirigía José Luis Borau, un libro de memorias realmente fascinante.

Larga vida al cine, a la literatura… y al idioma español, enriquecido con neologismos eficaces y pertinentes: lolitas, travoltas y tarzanes. Y también “kinkones”, pero no como “amantes platónicos” como quiere el publicista Jorge López, sino como los monos u hombres que superan cualquier proporción habitual, como expresó con tanta justeza el maestro Borau en su discurso de ingreso en la “docta casa” de la calle Felipe IV.

Un magnífico (y olvidado) escritor: Francis Bret Harte

Hemos leído en el número de junio de la revista ¿Qué leer? un artículo sobre Guy de Maupassant en el que se afirma que su celebérrimo relato Bola de sebo sirvió de punto de partida para el guión de la película La diligencia de John Ford (Stagecoach, 1937). Es una afirmación que se ha escrito y expresado en numerosas ocasiones y, por tanto, el autor del artículo no hace sino repetir un lugar común que, bajo nuestro punto de vista, es como mínimo discutible.

En realidad, por encima del hecho de que ambos son relatos itinerantes –lo que en cinematografía se llama road movie– y que una prostituta “bondadosa” es la protagonista del relato de Maupassant y también una prostituta es uno de los personajes destacados de la película, no existen mayores paralelismos ni analogías entre uno y otra, ni en la forma ni en el fondo.

Lo cierto es que la película de Ford se basa en un relato de Ernest Haycox titulado Stage to Lordsburg . Haycox es un escritor de novelas del Oeste, nacido en Portland (Oregon) en 1899, que gozó de bastante prestigio entre los aficionados al género en los años cuarenta del siglo pasado. Stage to Lordsburg fue publicada en 1937 (dos años antes del rodaje de la película) en el Collier’s Weekly, revista de la que al igual que el The Saturday Evening Post Haycox fue colaborador habitual. Si el lector siente curiosidad (y es capaz de leer en inglés) puede acceder a este cuento en Internet.

El protagonista del relato es Happy Stuart, un jugador profesional, que realiza un trayecto en diligencia desde Tonto hasta Lordsburg, en compañía de otros interesantes viajeros, bajo la amenaza de los apaches capitaneados por Gerónimo que se han alzado en armas. Bajo esta premisa, el personaje de la película de Ford que más se aproxima a Happy Stuart sería el del tahúr Hatfield (interpretado por John Carradine), que abandona una provechosa partida de cartas en Tonto para seguir a la bella Lucy Mallory (Louise Platt), una dama embarazada que arrostra los peligros del viaje para ir a reunirse con su marido, un militar destinado en Lordsburg. Hatfield se convertirá en el protector de la joven Lucy durante el viaje y, cuando es herido de muerte por una flecha apache, sabremos que es un “caballero” descarriado, hijo de un juez, al que la mala vida ha llevado a su presente condición de jugador de ventaja, aunque no ha perdido los “buenos modales” adquiridos durante su infancia.

Ernest Haycox antes de dedicarse a escribir profesionalmente fue militar, estuvo destinado en Nuevo México y participó en la Primera Guerra Mundial, combatiendo en Francia. Posteriormente cursó estudios de periodismo en la Universidad de Oregon y desarrolló su carrera literaria, publicando sus relatos y novelas preferentemente en revistas pulp especializadas en el género hard boiled, como también hicieron, entre otros muchos, Raymond Chandler, Dashiel Hammet o Cornel Woolrich. Es perfectamente posible que Haycox conociera el relato Bola de sebo de Maupassant, por haberlo leído bien en su estancia en Francia, bien en el curso de sus estudios universitarios, pero lo que podemos afirmar casi con certeza es que sí había leído a Francis Bret Harte, que junto a Mark Twain y Ambrose Bierce forma parte de la trilogía de los más prestigiosos escritores que han practicado el género del Oeste, por más que el más conocido autor del género sea Zane Grey, un escritor que gozó en su día de inmensa fama como constata Javier Marías en su artículo del suplemento dominical de El País del quince de junio en el que recordaba que el escritor estadounidense llegó a vender un millón de ejemplares de una de sus novelas en 1912. Además, Zane Grey protagoniza un gracioso malentendido –al menos como referencia– en la magnífica película de Carol Reed El tercer hombre, cuando el escritor de novelas del Oeste Holly Martins (Joseph Cotten), invitado por equivocación a dar una conferencia ante una sociedad literaria vienesa, le cita como su autor favorito, dejando estupefacto al auditorio. [El tercer hombre es una novela de Graham Green, pero fue escrita como guión para la película y posteriormente recibió su forma narrativa].

Es perfectamente posible que una de las fuentes de inspiración para el relato Stage to Lordsburg provenga del cuento Los desterrados de Poker Flat, de Francis Bret Harte. Dicho relato narra los últimos días del tahúr John Oakhurst, expulsado del poblado minero de Poker Flat a causa de su condición de jugador de ventaja (y tras haber desplumado a más de un incauto ciudadano), en compañía de dos prostitutas, la joven llamada la “Duquesa” y la ya caduca Mama Shipton, y un ladrón de canales y borracho empedernido conocido como Tío Billy. Emprenden viaje a uña de caballería para cruzar una agreste sierra en dirección a Sandy Bar, otro poblado minero que aún no ha experimentado el arrebato moralizante de Poker Flat, en pleno invierno. Los viajeros encuentran en el camino al joven Tom Simpson, que sigue la ruta inversa, huyendo de Sandy Bar con su enamorada Piney Woods, casi una niña. Han de hacer noche en lo alto de la sierra, y al amanecer del día siguiente Oakhurst descubre que el pérfido Tío Billy se ha fugado robando los caballos y mulas en que se desplazaban. El jugador analiza fríamente la situación: su única posibilidad de salvación reside en enviar al joven Simpson en busca de ayuda a Poker Flat, mientras las “damas” permanecen en la cabaña donde se han refugiado racionando los pocos alimentos que tienen en su poder. Para posibilitar la salvación de las tres mujeres, Oakhurst sacrificará su propia vida con un estoicismo conmovedor, asumiendo con elegancia que ha pillado una “mala racha” y no hay más remedio que “entregar las fichas”.

Los desterrados de Poker Flat es un relato formidable, a la altura del mismísimo Bola de sebo, y Francis Bret Harte un escritor magnífico, al que las modas absurdas han condenado al olvido. En España su obra fue publicada en la colección Austral en 1950, es decir, hace casi sesenta años, descatalogada y postergada. Yo le descubrí en una edición de la magnífica colección de bolsillo de la editorial Magisterio, y cuando supe que su obra estaba traducida en la colección Austral promoví su relanzamiento en otra colección –lamentablemente ya desaparecida– de la editorial Espasa Calpe: Espasa Relecturas. Nuevamente fue ignorado por la crítica y el público, pero yo me siento orgulloso de ese intento de rescatar a un autor digno de ser apreciado y disfrutado por los buenos lectores.

Francis Bret Harte nació en Albany (Nueva York) en 1839, y murió en Londres en 1902. En su juventud residió en California desempeñando todo tipo de oficios, entre ellos el de buscador de oro, de donde extrajo las experiencias vitales que posteriormente nutrirán sus mejores relatos. Comenzó a publicar en 1867 y en apenas un año dos de sus relatos, La suerte de Roaring Camp y Los desterrados de Poker Flat, le catapultaron a la fama. Regresó al Este convertido en una gloria literaria y en los años siguientes escribió lo mejor de su obra. Sin embargo fracasó como comediógrafo y conferenciante, y su intento de pasar al relato largo se saldó con un nuevo fracaso, el de su novela Gabriel Conray (1876). A causa de ello aceptó un cargo en Europa y salió de Estados Unidos para no regresar jamás.
Contemporáneo de Mark Twain, con quien comparte tantas cosas en lo vital y en lo literario, y quien expresó en numerosas ocasiones su admiración por él y la deuda contraída con su magisterio estilístico, su destino fue muy distinto. Incapaz de escribir una novela de peso, al contrario que Twain, que se consagró con su obra maestra Huckleberry Finn, su prestigio fue cayendo en el olvido. Sin embargo, un puñado de relatos le consagran como uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos, a la altura sin ir más lejos –como ya dijimos– del mismo Maupassant.

Si alguno de ustedes tiene curiosidad por conocer la obra de este autor injustamente olvidado, y la suerte de encontrar alguna de las descatalogadas ediciones de sus relatos (Austral, Magisterio o Espasa Relecturas), disfrutará de una lectura formidable y enriquecedora del que es, sin duda, uno de los grandes maestros del relato corto de todos los tiempos.