Alcohólicos y geniales (IV). John Cheever

Era un domingo de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado». Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de su sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.

Así comienza El nadador, que es probablemente el relato más famoso de Cheever, tanto por su calidad intrínseca como por su versión cinematográfica dirigida por Frank Perry y protagonizada por Burt Lancaster en 1968. La narración discurre en un condado imaginario, escenario de muchos de los relatos del autor, un barrio residencial de chalets habitado por burgueses pudientes, profesionales bien considerados y pagados que todas las mañanas toman un tren a buena hora para dirigirse a Nueva York, a sus respectivas actividades. Hay una constante en la descripción de sus formas de vida, de ellos y sus esposas: la omnipresencia del consumo alcohólico. No son exactamente dipsómanos, pueden controlar su ingesta, aunque invariablemente hay quien acaba embriagado en cualquiera de sus constantes recepciones, fiestas en las casas de unos y otros, que constituyen la esencia de su vida social, junto al elitista club del que son socios o la ceremonia religiosa de los domingos. Son buena gente… mientras no se demuestre lo contrario. Los relatos de Cheever profundizan descarnadamente en la naturaleza y psicología de una clase social media alta, celosa de su estatus, un tanto estólida, cuyas alcohólicas diversiones encubren con demasiada frecuencia el vacío de su existencia y sus miedos interiores.

Probablemente Cheever fue uno de los autores mejor dotados para esta materia narrativa y, además, poseía información de primera mano, porque él fue a su vez un alcohólico notorio. Nacido en Quincy (Massachussetts) en 1912 y fallecido en Ossining (Nueva York) setenta años más tarde, está considerado uno de los más formidables narradores de su tiempo. Publicó numerosos relatos, sobre todo en el prestigioso The New Yorker, por los que recibió un premio Pulitzer cuando se editaron en forma de libro, y varias novelas: La crónica de Wapshot, El escándalo de Wapshot, Bullet Park, En la cárcel de Falconer y ¡Oh, parece un paraíso!

 

Su mundo interior está reflejado en sus Diarios, de sinceridad desacostumbrada, y sobre todo en sus Cartas, caso característico de deslealtad de los herederos, pues dio instrucciones a su hijo Benjamin para que las destruyera y él las editó y entregó para su publicación ‒probablemente para «hacer caja»‒. En estos dos libros se muestran los aspectos menos «socialmente correctos» de su personalidad: su homosexualidad, más o menos encubierta, y su alcoholismo. Este último fue probablemente heredado de su padre, que fue pobre y alcohólico, mientras él fue, por el contrario, un escritor de éxito y pertinaz bebedor. En ellos se narran escenas de notable crudeza, como cuando describe que desde primera hora de la mañana debe contenerse para no entrar a saco en la alacena donde se guardan las bebidas, hasta las doce del mediodía, cuando al fin puede servirse el primer trago de whisky. Éste y la ginebra fueron sus compañeros constantes a lo largo de toda su vida adulta. La consecuencia es que, según su hijo, su vida estaba trufada de fingimientos y falsedades: predicaba la monogamia y a escondidas era promiscuo, fingía detestar la ambigüedad sexual pero no podía reprimir su tendencia homosexual, aunque sus infidelidades alcanzaban a ambos sexos. En sus peores épocas bebía ginebra desde primera hora de la mañana, y era también un fumador compulsivo. Cuando participó como profesor de escritura creativa un curso en la universidad de Iowa, hizo amistad con Raymond Carver, y ambos dieron rienda suelta a su deriva alcohólica: «No hacíamos más que beber», reveló Carver tiempo más tarde. Todo ello le condujo a la postre a un internamiento de casi un mes en el Smithers, un centro de desintoxicación, experiencia que vivió como un suplicio. Hay una frase tremendamente significativa en su correspondencia: «Mi lucha con el demonio del ron. Hay un terrible parecido entre la euforia del alcohol y la euforia de la metáfora –la sensación de que la imaginación es ilimitada– y a veces sustituyo o aumento una con la otra». Este pensamiento nos lleva directamente a reflexionar sobre la relación entre la ebriedad y el acto creativo. Hay un acuerdo casi unánime de que es imposible escribir bajo el efecto del alcohol o cualquier otra sustancia estupefaciente, al menos algo mínimamente apreciable, y sin embargo no deja de resultar chocante la interminable nómina de genios literarios alcohólicos, que es desmesurada.

Una escena del relato El camión de mudanzas escarlata, que trata de un borracho social inveterado, es particularmente estremecedora:

Charlie se sentó a su lado.

‒Gee-Gee.

‒¿Qué?

‒¿Vas dejar de beber?

‒No.

‒¿Dejaras la bebida si yo también la dejo?

‒No.

‒¿Irás a ver a un psiquiatra?

‒¿Para qué? Me conozco. Lo único que tengo que hacer es llegar hasta el final.

‒¿Irás a ver a un psiquiatra si yo te acompaño?

‒No.

‒¿Vas a hacer algo para ayudarte?

‒Tengo que enseñarles.

Entonces echó hacia atrás la cabeza y sollozó: «Oh, Dios mío…»

Un diálogo implacable que escenifica la inevitabilidad del alcohol para el dipsómano. John Cheever escribió en su diario: «Lo más maravilloso de la vida parece ser que casi desconocemos nuestras posibilidades de autodestrucción. Tal vez la deseemos, soñemos con ella, pero nos disuade un rayo de luz, un cambio en el viento». Lo que se ha llamado «la fascinación por el abismo». Posiblemente Cheever buscaba escapar de un mundo feo que no le gustaba refugiándose en sus grandes pasiones, la creación literaria, la sexualidad desenfrenada y, por encima de ellas, el «paraíso artificial» del alcohol.

 

 

El homenaje a Machado de los poetas de la generación de los Cincuenta.

En 1959, en el curso de un fin de semana de febrero, se realizó el acto de homenaje a Antonio Machado en Collioure, localidad del sur de Francia en el departamento de Languedoc-Roussillon, donde falleció y reposan los restos del poeta. El acto, según Claude Couffon, partió de una propuesta de Juan Goytisolo, por aquel entonces residente en París, donde se dedicaba a poner a poner al día la sección de español de Gallimard: «Machado era el Dios y modelo de inquietud nacional de toda la poesía de resistencia en el interior. Goytisolo me expuso su proyecto: constituir un comité de honor y juntar en Collioure a las dos Españas». Ese comité de honor estuvo constituido por las más grandes personalidades de la cultura francesa del momento: Louis Aragon, Marcel Bataillon, Marguerite Duras, André Mauriac, Marcel Quenau, Jean Paul Sartre, Tristan Tzara, Jean Sarrailh, Simone de Beauvoir, Pierre Villar y muchos otros, y se pidió a Pablo Picasso que dibujara una guirnalda para el tarjetón de la convocatoria. También hubo otras personalidades francesas de gran relevancia que declinaron asistir, como Albert Camus. El propio Goytisolo, en su libro de memorias En los reinos de Taifa, ha negado ser el promotor de la iniciativa, que atribuye a su compañero del Partido Comunista en el exilio Benigno Rodríguez. La idea, según Goytisolo era «conmemorar el vigésimo aniversario de la muerte del poeta convocando en torno a su tumba a escritores e intelectuales antifranquistas de todas las tendencias en una ceremonia de homenaje a su figura política y literaria».

Así relata Goytisolo aquel evento: «El día veinte de febrero, nuestra comitiva de más de un centenar de personas cogió el tren de noche en la Gare d’Austerlitz. A nuestra llegada a Collioure, nos encontramos frente al hotel Quintana con los amigos venidos de Madrid, Barcelona, Ginebra y otros lugares (…) El cortejo se dirigió a la tumba del poeta, cubierta de flores para la circunstancia y don Pablo de Azcárate leyó unas palabras en medio de un tenso, emotivo silencio. Después de una comida multitudinaria, con brindis y referencias a Machado y a España, la pequeña multitud se dispersó. Hubo abrazos, píos deseos, fotos de recuerdo, despedidas». Se ha dicho que detrás del homenaje se hallaba el Partido Comunista, que envió a dos miembros de su ejecutiva: Jorge Semprún y Francesc Vicens. Al acto asistieron numerosos españoles –tanto del interior como del exilio– entre ellos se hallaban Antonio de Senillosa, representando a don Juan de Borbón, Paulino de Azcárate, Tuñón de Lara, Blas de Otero, Caballero Bonald, Ángel González, José Ángel Valente, pintores como Millares y Guinovart, y la plana mayor de la escuela de Barcelona: José Agustín Goytisolo, Gil de Biedma, Barral, Costafreda, Castellet y Ferrater. Pese al relato un tanto frío de Goytisolo, que suena decepcionado, para los españoles del interior este acto tuvo importantes repercusiones. Para los poetas asistentes no se trataba tan solo de homenajear a Machado, sino también, como escribió Celaya, de manifestarse contra el «el clima de guerra civil en el que quiere mantenernos el franquismo».

De la reunión de Collioure surgieron, o se consolidaron, dos iniciativas muy significativas para el grupo poético barcelonés: la creación de la colección de poesía Colliure, y la publicación de la antología Veinte años de poesía española, de Josep Maria Castellet, que se constituyó en el canon por excelencia de la generación del medio siglo.  La colección Colliure fue dirigida por Castellet, editada por Salinas y promovida por Barral. Se financió con aportaciones personales de los miembros del grupo; gracias a la distribución comercial realizada por medio de Seix Barral la colección al menos no perdió dinero. Constó de doce títulos, aparecidos entre 1960 y 1965, y en ellos se da la circunstancia poco usual en aquella época de ilustrar sus cubiertas con la fotografía de los autores.  Otro factor significativo de la colección Colliure es la voluntad de aproximar a dos generaciones de poetas. Gabriel Celaya fue publicado en ella, pero también estaban anunciados sendos títulos de Blas de Otero y de Eugenio de Nora que no llegaron a ver la luz. La razón de ello la apunta Castellet, al menos para el caso de Otero: «…si no lo publicamos es, sencillamente, porque no entregó el original». Hubo otras ausencias significativas, como por ejemplo la de Francisco Brines, que rechazó la oferta hecha por Gil de Biedma de incluir su libro Palabras a la oscuridad en la colección, seguramente por su deseo de distanciarse de la escuela de Barcelona, aunque posteriormente fuera incluido en la segunda antología de Castellet Un cuarto de siglo de poesía española, en 1964.

Hubo un momento de «epifanía» para Carlos Barral que fue consecuencia del acto de Collioure, una «súbita toma de conciencia» de que por encima de su capacidad para emitir casi continuamente opiniones literarias más o menos fundamentadas, era capaz de “ejercerlas”». Este fue, según Carme Riera, el germen de la colección Colliure, que la estudiosa mallorquina vincula con una «maniobra» editorial generacional, una manera de poner en escena al grupo de nuevos poetas en lengua española que se había gestado en Barcelona relacionándolos con otros poetas del resto de la Península. En este mismo sentido abunda Caballero Bonald: «En Collioure nos reunimos prácticamente todos los escritores de dentro y fuera de España –más bien de Barcelona y París– implicados en la actividad antifranquista. Allí acaba fraguándose la estrategia corporativa del grupo del Cincuenta (…) Sin duda que fue eso (…) el principal factor de cohesión del grupo, ya que en ningún caso las afinidades literarias dejaron de ser episódicas y, desde luego, muy poco significativas (…). Cuando se empezaron a remansar las aguas, cada uno las vadeó a su manera [en pos de] recuperar el cultivo de una literatura que habíamos mantenido como hibernada, en espera de poder regresar a nuestros privados cuarteles estéticos (…) Lo que de veras importa es que permanezcan algunas personalidades aisladas. Y eso ya ha ocurrido». De igual manera, el homenaje a Machado en Collioure ejerce su influencia en la antología Veinte años de poesía española, de Castellet, concebida bajo la «advocación» del poeta muerto en el exilio. Y pese a ello, Carme Riera afirma de manera tajante que a Barral «Antonio Machado no le interesa ni poco ni mucho ni nada», y añade que no existe la más mínima influencia de éste en la obra poética del editor. Porque en definitiva el homenaje a Machado en Collioure veinte años después de su muerte fue sobre todo un acto político, un encuentro promovido por el Partido Comunista en el exilio, al que se adhirieron con entusiasmo «juvenil» un puñado de poetas españoles del «interior» que expresaron de esta forma su compromiso antifranquista. La colección Colliure y la antología de Castellet vinieron después. Todo ello no menoscaba el mérito de esos jóvenes poetas que en cierta forma se la jugaron ‒tenían el convencimiento de que serían objeto de escrutinio por parte de la policía española, como se explica más adelante‒, y no resulta aventurado pensar que para Barral esta «celebración» tuvo consecuencias personales, y que influyó en su decisión de apostar abiertamente por una política editorial social e ideológicamente comprometida cuya primera consecuencia fue su decidido apoyo al movimiento narrativo del Realismo Social, que a la larga provocaría su consideración de personaje desafecto ante las instancias oficiales y le llevaría a chocar repetidamente con el servicio de censura.

La anécdota «chusca» de Collioure es la del falso policía de la foto. Este asunto parte de la conciencia de los participantes de estar realizando un acto reivindicativo y, por tanto, de oposición al régimen, que sería inevitablemente vigilado por las fuerzas del orden franquistas. Dice Castellet: «…no dejaba de ser un acto político que pasaba al lado mismo de la frontera española y evidentemente habría observadores o policías del franquismo». Según el relato de Barral durante la estancia en Collioure existió la certeza de que había policías infiltrados; José Agustín Goytisolo creyó identificar uno en una persona de conducta «sospechosa», que al final resultó ser el erudito Francesc Vicens, que representaba en el homenaje al Partido Comunista. Barral, años después, contemplando una fotografía tomada en aquel acto, junto a un grupo nutrido de poetas, Gil de Biedma, Costafreda, Caballero Bonald, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Valente y él mismo, identificó entre ellos a un desconocido, que no podía ser otro que el policía. El tiempo ha demostrado que se trataba de un zaragozano llamado Alfredo Castellón, que posteriormente desarrollaría una carrera como cineasta y realizador de televisión. La anécdota es irrelevante, excepto por su ejemplaridad respecto al clima de «paranoia» colectiva que se experimentaba en aquella época y la conciencia compartida de que se vivía en una sociedad vigilada.

 

Alcohólicos y geniales (V): Joseph Roth

Joseph Roth es unánimemente considerado uno de los mayores narradores de la primera mitad del siglo xx. Su obra hoy en día no es muy popular, pero los expertos coinciden en su gran calidad literaria. Roth fue un judío nacido en la región de Galitzia, por aquel entonces parte de imperio austrohúngaro, y participó en la Gran Guerra encuadrado en un regimiento de tiradores. Fue probablemente esta experiencia la que inspiró su novela más célebre, La marcha Radetzky, en la que a través de tres generaciones de una familia, los Trotta, beneficiada por el favor del emperador, se narra el declive y caída del imperio de los Habsburgo, y es tenida por la crónica más certera de la desaparición de un mundo y de un estilo de vida periclitado. Ejerció el periodismo en diversas ciudades, sobre todo en Berlín, y con el ascenso de Hitler al poder se vio obligado a exilarse en París, donde murió en 1939 víctima del alcoholismo.

La leyenda del santo bebedor es la última obra salida de su pluma, poco antes de morir. En España fue publicada por Anagrama en 1981 y su editor, Jorge Herralde, encargó a Carlos Barral un prólogo. Al gran poeta, memorialista y editor no le podía pasar desapercibido el hecho de que, tratándose de una nouvelle que narra  los últimos días en la vida de un clochard, un alcohólico terminal, Herralde le consideraba idóneo porque él mismo fue un gran bebedor, y en alguno de sus escritos ‒incluido obviamente este prólogo‒ expuso de forma meridiana su punto de vista, favorable al consumo social de alcohol y despectivo con respecto a los abstemios, «cínicos frustrados» que se apoyan en argumentos de una «sanidad inhumana, mecanicista», y que «ignoran la gloria de los paraísos artificiales, el aliento a la imaginación creativa, la mitigación de las timideces y la burbuja de cordialidad y de solidaridad con la que el alcohol envuelve a los que lo aprecian».

Explica Barral comentando el largo relato cómo «el vino santifica, en cierto modo diviniza», lo que justifica los hechos milagrosos vividos por el protagonista, Andreas, antes de su fallecimiento: como dice Roth en la obra, «Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan divina y hermosa muerte». En un epílogo escrito por Hermann Kesten, el también escritor narra su último encuentro con Roth en un café de París poco antes de su muerte: «Delante de Roth había uno o dos vasos que contenían una mezcla amarillo verdosa (absenta) y media docena de posavasos, que servían para que los camareros parisienses calcularan cuánto habían bebido sus clientes». Pero según Kesten, la embriaguez tornaba a Roth una persona lúcida, tolerante y cariñosa, con una «sonrisa empañada de melancólica inteligencia».

Joseph Roth fue, a su modo, también un «santo bebedor», como lo fue el propio Barral y tantos y tantos otros eminentes literatos.

Alcohólicos y geniales (III): O.Henry

William Sydney Porter, que mucho más tarde sentaría plaza de famoso narrador con el seudónimo de O.Henry, comenzó a empinar el codo ya en su primera juventud… y no dejaría de hacerlo hasta su muerte, a los cuarenta y siete años de edad, víctima de una cirrosis de hígado.

O.Henry, huérfano en la infancia, se trasladó a Texas desde su Carolina natal a los veinte años, buscando un clima favorable para sus problemas pulmonares, y desempeñó todo tipo de oficios, hasta que encauzó su vida contrayendo un feliz matrimonio  e ingresando como cajero en el First National Bank de Austin. Su carrera literaria comenzó en el “trullo”, concretamente en un penal de Ohio donde había sido internado por un desfalco cometido en el banco, después de una rocambolesca huida a Honduras, donde permaneció siete meses para escapar de la justicia y de donde regresó para estar presente junto al lecho donde agonizaba su esposa. Comenzó a escribir sus cuentos no porque en él hubiera nacido una tardía vocación literaria, sino para ganar algo de dinero en la cárcel para mantener a su pequeña hija. Obtuvo un éxito inmediato, lo cual no es de extrañar porque O.Henry es sin lugar a dudas uno de los más formidables narradores americanos de principios del siglo XX.

Desde entonces hasta su muerte, diez años después, escribió más de seiscientos relatos de mediana extensión y, nuevamente, no porque hubiera desarrollado una fértil capacidad creativa, sino para ganarse la vida a duras penas. Escribía acuciado por la necesidad y no sabemos si ayudado por la inspiración que encontraba en la botella, o a pesar de ella. Una anécdota referida a uno de sus más célebres cuentos ilustra perfectamente su tortuoso proceso creativo. Había adquirido el compromiso de entregar un relato a la semana al editor de la revista New York World para su suplemento dominical, relato que se publicaba acompañado por una ilustración. Retrasado en su entrega por enésima vez, el editor le envió al dibujante para que le explicara la sinopsis del cuento y así ir adelantando el trabajo. O.Henry no tenía ninguna idea, pero en cambio sí tenía una regular borrachera, y para salir del paso indicó que la ilustración debía representar a dos jóvenes enamorados sentados en una habitación modesta, ella con una espléndida cabellera, él con un lujoso reloj en las manos.

En tres horas y media, partiendo de esta imagen y con la ayuda de una botella de whisky, escribió El regalo de los Reyes Magos, probablemente el relato que le proporcionó mayor fama, y que ha sido llevado al cine en diversas ocasiones, entre ellas en O.Henry Full House, película de episodios basada en sus cuentos, que contó con directores de la talla de Howard Hawks, Jean Negulesco o Henry Hathaway, y actores como Charles Laughton, Marilyn Monroe, Anne Baxter y Richard Widmark. 

Cuenta la crónica que cuando O.Henry murió en 1910, con el hígado devastado por su impenitente alcoholismo, todo su capital ascendía a los 23 centavos de dólar que llevaba en el bolsillo.

 

Alcohólicos y geniales (II): Flann O’Brien

Nos sentamos en Grogan con nuestros descoloridos abrigos en elegante desaliño, en unos sillones, tras la protección de la mampara. Yo di un chelín y dos peniques a un hombre cortés que nos trajo a cambio dos vasos de una cerveza negra, en la cuantía de una pinta imperial. Distribuí los vasos, a cada uno el suyo, y reflexioné sobre la solemnidad de aquel momento. Era la primera vez que tomaba cerveza. Innumerables personas con las que había conversado me habían expuesto que los licores espirituosos y los embriagantes en general alteraban adversamente los sentidos y el cuerpo y que los que se hacían adictos a los estimulantes en su juventud eran desdichados luego a lo largo de sus vidas y encontraban la muerte al final en una caída de borracho, expirando de un modo ignominioso al pie de una escalera en un charco de sangre y de vómito. Un hermano lego ya anciano me había aconsejado las aguas tónicas indias como un específico incomparable para calmar la sed.

 (Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)

Flann O’Brien (née Brian O’Nolan) fue uno de los más conspicuos miembros de la muy honorable cofradía de escritores irlandeses borrachuzos. También es una de las figuras más señeras de la literatura irlandesa del siglo XX, junto a autores de la talla de Joyce y Beckett, de los que no desmerece. Aunque había nacido en el condado de Tyrone, en el Ulster, vivió en Dublín desde muy joven y fue un dublinés de pura cepa. Fue periodista (colaborador del Irish Times durante años con una columna satírica) y trabajó para la administración pública en los servicios sociales de Dublín. Se dio a conocer como escritor en plena juventud, con la deslumbrante novela At Swim-Two-Birds. El maestro Borges la calificó como un “laberinto verbal”: «Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre los que está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas». Parece un trabalenguas, ¿verdad?, pero a ver quién es el “guapo” que se atreve a llevar la contraria al idolatrado escritor argentino. En realidad ese bucle de historias que se entrelazan le sirve a O’Brien para parodiar todos los estilos literarios irlandeses, desde los más arcaicos hasta los más modernos, como también hiciera Joyce en el capítulo 12 de su célebre Ulises.

At Swim-Two-Birds es también una sátira aguda de la sociedad irlandesa de su tiempo, una mirada crítica llena de ironía y punzante sentido del humor. Como escribió Eamon Butterfield (en el prólogo de la edición de Edhasa de 1989), es una novela en la que no sucede nada, «y la tendencia de los personajes a pasar el tiempo en la cama o bebiendo en el bar es, en último extremo, un modo de protegerse de los horrores de la sociedad».

Pero entre todas las críticas y menciones a esta novela yo me quedo con la de Dylan Thomas (el gran jefe de la tribu de escritores dipsómanos británicos): «Justo el libro que uno puede regalar a una hermana, si ella es una chica borracha, sucia y malhablada».

El alcohol puede trastornar la mente, cavilaba yo, pero quizás ésta pueda quedar agradablemente trastornada.

(Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)