Alcohólicos y geniales (V): Joseph Roth

Joseph Roth es unánimemente considerado uno de los mayores narradores de la primera mitad del siglo xx. Su obra hoy en día no es muy popular, pero los expertos coinciden en su gran calidad literaria. Roth fue un judío nacido en la región de Galitzia, por aquel entonces parte de imperio austrohúngaro, y participó en la Gran Guerra encuadrado en un regimiento de tiradores. Fue probablemente esta experiencia la que inspiró su novela más célebre, La marcha Radetzky, en la que a través de tres generaciones de una familia, los Trotta, beneficiada por el favor del emperador, se narra el declive y caída del imperio de los Habsburgo, y es tenida por la crónica más certera de la desaparición de un mundo y de un estilo de vida periclitado. Ejerció el periodismo en diversas ciudades, sobre todo en Berlín, y con el ascenso de Hitler al poder se vio obligado a exilarse en París, donde murió en 1939 víctima del alcoholismo.

La leyenda del santo bebedor es la última obra salida de su pluma, poco antes de morir. En España fue publicada por Anagrama en 1981 y su editor, Jorge Herralde, encargó a Carlos Barral un prólogo. Al gran poeta, memorialista y editor no le podía pasar desapercibido el hecho de que, tratándose de una nouvelle que narra  los últimos días en la vida de un clochard, un alcohólico terminal, Herralde le consideraba idóneo porque él mismo fue un gran bebedor, y en alguno de sus escritos ‒incluido obviamente este prólogo‒ expuso de forma meridiana su punto de vista, favorable al consumo social de alcohol y despectivo con respecto a los abstemios, «cínicos frustrados» que se apoyan en argumentos de una «sanidad inhumana, mecanicista», y que «ignoran la gloria de los paraísos artificiales, el aliento a la imaginación creativa, la mitigación de las timideces y la burbuja de cordialidad y de solidaridad con la que el alcohol envuelve a los que lo aprecian».

Explica Barral comentando el largo relato cómo «el vino santifica, en cierto modo diviniza», lo que justifica los hechos milagrosos vividos por el protagonista, Andreas, antes de su fallecimiento: como dice Roth en la obra, «Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan divina y hermosa muerte». En un epílogo escrito por Hermann Kesten, el también escritor narra su último encuentro con Roth en un café de París poco antes de su muerte: «Delante de Roth había uno o dos vasos que contenían una mezcla amarillo verdosa (absenta) y media docena de posavasos, que servían para que los camareros parisienses calcularan cuánto habían bebido sus clientes». Pero según Kesten, la embriaguez tornaba a Roth una persona lúcida, tolerante y cariñosa, con una «sonrisa empañada de melancólica inteligencia».

Joseph Roth fue, a su modo, también un «santo bebedor», como lo fue el propio Barral y tantos y tantos otros eminentes literatos.

Alcohólicos y geniales (III): O.Henry

William Sydney Porter, que mucho más tarde sentaría plaza de famoso narrador con el seudónimo de O.Henry, comenzó a empinar el codo ya en su primera juventud… y no dejaría de hacerlo hasta su muerte, a los cuarenta y siete años de edad, víctima de una cirrosis de hígado.

O.Henry, huérfano en la infancia, se trasladó a Texas desde su Carolina natal a los veinte años, buscando un clima favorable para sus problemas pulmonares, y desempeñó todo tipo de oficios, hasta que encauzó su vida contrayendo un feliz matrimonio  e ingresando como cajero en el First National Bank de Austin. Su carrera literaria comenzó en el “trullo”, concretamente en un penal de Ohio donde había sido internado por un desfalco cometido en el banco, después de una rocambolesca huida a Honduras, donde permaneció siete meses para escapar de la justicia y de donde regresó para estar presente junto al lecho donde agonizaba su esposa. Comenzó a escribir sus cuentos no porque en él hubiera nacido una tardía vocación literaria, sino para ganar algo de dinero en la cárcel para mantener a su pequeña hija. Obtuvo un éxito inmediato, lo cual no es de extrañar porque O.Henry es sin lugar a dudas uno de los más formidables narradores americanos de principios del siglo XX.

Desde entonces hasta su muerte, diez años después, escribió más de seiscientos relatos de mediana extensión y, nuevamente, no porque hubiera desarrollado una fértil capacidad creativa, sino para ganarse la vida a duras penas. Escribía acuciado por la necesidad y no sabemos si ayudado por la inspiración que encontraba en la botella, o a pesar de ella. Una anécdota referida a uno de sus más célebres cuentos ilustra perfectamente su tortuoso proceso creativo. Había adquirido el compromiso de entregar un relato a la semana al editor de la revista New York World para su suplemento dominical, relato que se publicaba acompañado por una ilustración. Retrasado en su entrega por enésima vez, el editor le envió al dibujante para que le explicara la sinopsis del cuento y así ir adelantando el trabajo. O.Henry no tenía ninguna idea, pero en cambio sí tenía una regular borrachera, y para salir del paso indicó que la ilustración debía representar a dos jóvenes enamorados sentados en una habitación modesta, ella con una espléndida cabellera, él con un lujoso reloj en las manos.

En tres horas y media, partiendo de esta imagen y con la ayuda de una botella de whisky, escribió El regalo de los Reyes Magos, probablemente el relato que le proporcionó mayor fama, y que ha sido llevado al cine en diversas ocasiones, entre ellas en O.Henry Full House, película de episodios basada en sus cuentos, que contó con directores de la talla de Howard Hawks, Jean Negulesco o Henry Hathaway, y actores como Charles Laughton, Marilyn Monroe, Anne Baxter y Richard Widmark. 

Cuenta la crónica que cuando O.Henry murió en 1910, con el hígado devastado por su impenitente alcoholismo, todo su capital ascendía a los 23 centavos de dólar que llevaba en el bolsillo.

 

Alcohólicos y geniales (II): Flann O’Brien

Nos sentamos en Grogan con nuestros descoloridos abrigos en elegante desaliño, en unos sillones, tras la protección de la mampara. Yo di un chelín y dos peniques a un hombre cortés que nos trajo a cambio dos vasos de una cerveza negra, en la cuantía de una pinta imperial. Distribuí los vasos, a cada uno el suyo, y reflexioné sobre la solemnidad de aquel momento. Era la primera vez que tomaba cerveza. Innumerables personas con las que había conversado me habían expuesto que los licores espirituosos y los embriagantes en general alteraban adversamente los sentidos y el cuerpo y que los que se hacían adictos a los estimulantes en su juventud eran desdichados luego a lo largo de sus vidas y encontraban la muerte al final en una caída de borracho, expirando de un modo ignominioso al pie de una escalera en un charco de sangre y de vómito. Un hermano lego ya anciano me había aconsejado las aguas tónicas indias como un específico incomparable para calmar la sed.

 (Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)

Flann O’Brien (née Brian O’Nolan) fue uno de los más conspicuos miembros de la muy honorable cofradía de escritores irlandeses borrachuzos. También es una de las figuras más señeras de la literatura irlandesa del siglo XX, junto a autores de la talla de Joyce y Beckett, de los que no desmerece. Aunque había nacido en el condado de Tyrone, en el Ulster, vivió en Dublín desde muy joven y fue un dublinés de pura cepa. Fue periodista (colaborador del Irish Times durante años con una columna satírica) y trabajó para la administración pública en los servicios sociales de Dublín. Se dio a conocer como escritor en plena juventud, con la deslumbrante novela At Swim-Two-Birds. El maestro Borges la calificó como un “laberinto verbal”: «Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre los que está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas». Parece un trabalenguas, ¿verdad?, pero a ver quién es el “guapo” que se atreve a llevar la contraria al idolatrado escritor argentino. En realidad ese bucle de historias que se entrelazan le sirve a O’Brien para parodiar todos los estilos literarios irlandeses, desde los más arcaicos hasta los más modernos, como también hiciera Joyce en el capítulo 12 de su célebre Ulises.

At Swim-Two-Birds es también una sátira aguda de la sociedad irlandesa de su tiempo, una mirada crítica llena de ironía y punzante sentido del humor. Como escribió Eamon Butterfield (en el prólogo de la edición de Edhasa de 1989), es una novela en la que no sucede nada, «y la tendencia de los personajes a pasar el tiempo en la cama o bebiendo en el bar es, en último extremo, un modo de protegerse de los horrores de la sociedad».

Pero entre todas las críticas y menciones a esta novela yo me quedo con la de Dylan Thomas (el gran jefe de la tribu de escritores dipsómanos británicos): «Justo el libro que uno puede regalar a una hermana, si ella es una chica borracha, sucia y malhablada».

El alcohol puede trastornar la mente, cavilaba yo, pero quizás ésta pueda quedar agradablemente trastornada.

(Flann O’Brien. At Swim-Two-Birds)

Alcohólicos y geniales (I): Carson McCullers

“Fue hacia la puerta, pero Martin la agarró de un brazo.

—No quiero que los niños te vean en este estado. Sé razonable.

—¿Qué estado? —De un tirón, Emily zafó su brazo. Su voz se alzó enfadada—: Qué, que porque bebo un par de sorbos por la tarde estás tratando de hacerme creer que soy una borracha. ¡Qué estado! Ni siquiera toco el whisky. Lo sabes bien. No ando emborrachándome por los bares. Algo que tú mismo no podrías decir. Ni siquiera tomo un cóctel con la cena. Lo único que hago es beber de vez en cuando una copa de jerez. ¿Qué hay de malo en eso, pregunto yo? ¡Estado!”

[Al final Martin consigue que se quede en la habitación, pero cuando está dando de cenar a sus dos hijos, Andy y Marianne, Emily irrumpe en la cocina con pasos vacilantes.]

“—¡Estado! —dijo con voz turbia—. Me hablas así. No creas que me olvido. Me acuerdo de todas esas cochinas mentiras que me dices. No creas ni por un momento que me olvido.

—¡Emily! —rogó—. Los niños…

—Los niños, sí. No creas que no veo a través de tus sucios planes y manejos. Aquí abajo tratando de volver a mis propios hijos en contra mía. No creas que no veo ni comprendo.

—Emily, por favor, vete arriba.

—Sí, para que puedas poner a mis hijos…, a mis propios hijos… —Dos grandes lágrimas le rodaron por las mejillas—. Tratando de poner a mi hijo, a mi Andy, contra su propia madre.”

 

La escena pertenece al relato de Carson McCullers “Dilema doméstico”, publicado en el New York Post en 1951. Imposible no relacionar su asunto con la propia biografía de la autora, ya que, efectivamente, la genial creadora de Balada del café triste o Reflejos de un ojo dorado, la gran escritora sureña, equiparable en grandeza a William Faulkner o Flannery O’Connor, tuvo toda su vida graves problemas de alcoholismo. Otros relatos abordan también esa temática. Como ¿Quién ha visto el viento?, posteriormente convertido en obra de teatro. En este caso el alcohólico, también sumido en una grave crisis doméstica a causa de su adicción, es Ken Harris, un prometedor escritor que alcanza la fama en su juventud con una novela de éxito y cuya inspiración se ha secado, refugiándose en la bebida. Se trata de un claro trasunto del marido de Carson McCullers, Reeves, con quien mantuvo una relación tormentosa hasta que él se quitó la vida en París, después de su segunda separación. La propia autora escribió en el prólogo de la versión impresa de la obra teatral: «Puedo reconocer varias de las compulsiones que me han llevado a escribir esta obra. Mi marido quería ser un escritor y su fracaso en la empresa le llevó a la muerte». En “El instante de la hora siguiente”, un relato anterior a los dos ya mencionados, aparece por primera vez el asunto de una apareja destrozada por culpa del alcohol: «A la mujer se le ocurrió de pronto que debía haber bebido más de lo que creía, porque los objetos de la habitación parecían adoptar un extraño aire de sufrimiento»… «—Te aborrezco —dijo ella, viendo como sus manos (que sin duda no eran parte suya) empezaban a temblar—. Estas peleas de borrachos a medianoche…».

La notoria adicción de Carson McCullers al alcohol ha sido reseñada en toda su crudeza por sus biógrafos. Toda su vida, en realidad, fue dramática, a pesar de que el éxito literario le sonrió desde que era muy joven. A sus permanentes problemas de salud, fiebre reumática, influenza, pleuresía, rotura de cadera…, que la llevaron a pasar largas temporadas hospitalizada, se unió un matrimonio desastroso. Reeves fue un escritor fracasado, hundido por su alcoholismo y una homosexualidad no reconocida, que llegó a falsificar las firma de su esposa para saquear sus cuentas bancarias; ella misma fue también alcohólica y pasada su primera juventud afloraron asimismo sus tendencias lésbicas.  Según ha reseñado Rodrigo Fresán, en su estupenda edición de los relatos y nouvelles de McCullers publicada por Seix Barral en 2007, la escritora comenzó siendo una bebedora social en compañía de su marido Reeves, pero pronto comenzó a abusar del alcohol. En su estancia parisina, entre 1946 y 1947, la pareja era capaz de despachar dos botellas de coñac en una solo sesión vespertina. Al final de su vida, con su salud ya terriblemente quebrada —murió con cincuenta años cumplidos— McCullers pedía que le sirvieran un bourbon con hielo, que no llegaba a tocar, pero que se “bebía” con la mirada, y que era constantemente repuesto por sus cuidadoras. En la necrológica escrita tras su muerte por el New York Times se pudo leer: «Como ocurre con Faulkner, sus historias trascendieron el marco regional de lo sureño porque la soledad, la frustración, el amor y la gracia no conocen de fronteras…».

La patética historia de Carson McCullers nos evoca inevitablemente grandes clásicos cinematográficos, como Días de vino y rosas de Blake Edwards, y más especialmente la cruda y descarnada Días sin huella de Billy Wilder, ya que su protagonista es un escritor  paralizado por el terror a la página en blanco. Los casos de genios de la Literatura alcoholizados son innumerables, y a ellos nos iremos refiriendo en sucesivas entregas.

En la Frontera. Meridiano de Sangre (Cormac McCarthy)

«Meridiano de sangre me parece la auténtica novela apocalíptica americana… Creo que ningún otro novelista estadounidense vivo nos ha dado un libro tan duro y memorable». Este comentario del célebre crítico literario Harold Bloom hace justicia a una novela estremecedora que aporta una visión singular de la eterna pugna entre barbarie y civilización, y al tiempo encumbra al olimpo literario a un autor, Corman McCarthy,  a quien el reputado estudioso no duda en señalar como el último heredero de la sublime tradición de las letras anglosajonas personificada en escritores como  Shakespeare, Melville o Faulkner.

La Frontera

Durante siglos, el tiempo de su propia gestación como nación, la historia de los Estados  Unidos de Norteamérica fue una historia de Frontera. La frontera en los tiempos actuales no es sino una línea imaginaria trazada sobre las páginas de los atlas, o unos establecimientos aduaneros que regulan el tránsito de personas o el tráfico de mercancías entre países soberanos. Pero antaño la Frontera era algo más épico, más vasto y más grandioso: el territorio de encuentro y confrontación entre culturas, entre formas de vida y entre intereses propios enfrentados. Por su propia naturaleza la Frontera era un territorio amplio, casi siempre violento y a menudo salvaje: el ámbito natural del choque entre civilización y barbarie. España fue durante muchos siglos, los de la llamada Reconquista, territorio de Frontera, la que mediaba entre dos universos antagónicos separados fundamentalmente por la religión y la cultura, la Cristiandad y el Islam. Y esa historia hispánica dio lugar, en el ámbito de la literatura, al género de la poesía épica. La épica española, en contraste con la francesa, no trataba asuntos meramente literarios ambientados en tiempos pretéritos en los que los héroes acometían sus grandes gestas fantásticas, sino que ponía en escena a personajes reales, paladines de la Frontera como Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, tratados, eso sí, dentro de los códigos literarios del héroe caballeresco.

La Frontera americana dio lugar, también, a una nueva épica en la literatura y, sobre todo, en el cine: el western, un género literario y cinematográfico fundamental en el siglo xx. Desde Fenimore Cooper hasta McCarthy este género ha producido numerosas obras maestras literarias, de igual manera que podemos decir que desde John Ford hasta Clint Eastwood el western ha sido una de las estrellas de la tradición cinematográfica.

En este contexto se desarrolla la novela de Corman McCarthy Meridiano de Sangre (Blood Meridian), publicada en 1985, que en su momento pasó relativamente desapercibida entre los lectores, pero cuyo prestigio con el paso del tiempo ha venido alcanzando dimensiones casi antológicas.

Cormac McCarthy

Al igual que el recientemente fallecido J.D. Salinger, o su también compatriota Thomas Pynchon, McCarthy es un autor que no gusta de estar bajo el foco público. En los tiempos actuales, en los que el poder de los medios ha crecido exponencialmente, rehuir la publicidad y defender la propia intimidad puede llegar a constituir una actitud casi suicida para la carrera de un creador, y sin embargo, bajo esta premisa, la obra de estos literatos alcanza un relieve mucho mayor, puesto que es su propia calidad intrínseca la fuente casi única de su prestigio. Que nosotros sepamos, McCarthy tan solo ha concedido dos entrevistas a medios de comunicación, la primera de ellas en el tiempo en que apareció su novela Todos los bellos caballos (1992) al New York Times Magazine, y posteriormente, en 2007, en que “sucumbió a la tentación” de aparecer en televisión en el muy popular The Oprah Winfrey Show.

McCarthy nació en Providence (Rhode Island) en 1933 en el seno de una familia acomodada de origen irlandés, y recibió una formación católica. Pasó su infancia en Tennessee, a donde se trasladó la familia por motivos laborables de su padre, un abogado de prestigio. Estudió en la universidad de ese Estado aunque no llegó a graduarse y en su revista literaria publicó sus primeros relatos. Tras contraer matrimonio se instaló en Chicago, trabajando como mecánico de automóviles mientras escribía su primera novela, El guardián del vergel (The Orchard Keeper), que vio la luz en 1965, publicada por Random House. En esta época viajó por Europa gracias a las becas para creadores que recibió, se casó por segunda vez y llegó a vivir una temporada en Ibiza, que por aquel entonces era un refugio paradisiaco de artistas y hippies. Allí terminó su segunda novela La oscuridad exterior (Outer Dark), que se publicó en 1968. De regreso en Tennessee escribió la tercera, Hijo de Dios (Child of God), de 1973, y tras su segundo divorcio se instaló en Texas, donde dio comienzo a su mejor periodo creativo con la novela Suttree de 1979. Gracias a una nueva beca para creadores pudo emplear los siguientes años en escribir su obra maestra, Meridiano de Sangre, a la que siguió la también muy celebrada Trilogía de la frontera (The Border Trilogy), compuesta por Todos los hermosos caballos (All the Pretty Horses, 1992), En la frontera (The Crossing, 1994) y Las ciudades de la llanura (Cities of the Plain, 1998). La trilogía le sirvió para alcanzar la fama y el reconocimiento que hasta ese momento se le habían negado, y así, sus siguientes obras constituyeron considerables éxitos: No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005) y La carretera (The Road, 2006), esta última galardonada con el premio Pulitzer. La popularidad de estas novelas ha sido rubricada por sus versiones cinematográficas: Todos los hermosos caballos fue filmada por Billy Bob Thornton y en su reparto figuraba la actriz española Penélope Cruz, No es país para viejos la dirigieron los hermanos Cohen, con Javier Bardem en el reparto, y La carretera la rodó John Hillcoat. Para el 2011 se esperaba la película basada en Meridiano de sangre, que parece permanentemente demorada por sus problemas de adaptación.  McCarthy es también autor de dos obras de teatro (The Stonemason y The Sunset Limited) y de un guión cinematográfico (El hijo del jardinero, The Gardener’s Son).

No resultará ocioso comentar aquí algunas claves que pueden resultar reveladoras de la personalidad de McCarthy como escritor. Cuando acabó su primera novela la envió a Random House por la exclusiva razón de que era la única editorial que conocía, como él mismo ha contado, y allí tuvo la suerte de que cayera en las manos de Albert Erskine,  el que había sido editor de William Faulkner y que lo fue de McCarthy hasta su jubilación veinte años más tarde; significativamente, se ha señalado en numerosas ocasiones a McCarthy como “heredero” literario de Faulkner. Preguntado por sus preferencias literarias, el autor cita a Melville, y de nuevo surgen las analogías señaladas por los críticos que identifican Meridiano de sangre con Moby Dick, y declara su rechazo a escritores como Henry James o Marcel Proust, que no tratan las cuestiones de la vida o de la muerte, llegando a asegurar que sus obras no le parecen “literatura”. Lo que resulta evidente es que McCarthy es un escritor “puro” y que su obra no está influida por tendencias culturales o intelectuales, algo que pone también de manifiesto su alejamiento de los cenáculos de escritores y su poco aprecio a aparecer en público.

Meridiano de sangre

La novela se basa en hechos históricos. La banda Glanton operó entre 1849 y 1850 en el Sudoeste de Estados Unidos, y su misión fue limpiar la región de tribus indias para facilitar su colonización, en una operación que hoy calificaríamos sin duda como genocida. No cabe hacer un juicio moral anacrónico de estos hechos: La humanidad ha forjado su destino en buena medida a golpe de lanza o de fusil, y los episodios históricos en los que la iniquidad ha campado por sus respetos, sembrando la tierra de sangre, dolor y destrucción, son tan abundantes que casi exceden cualquier capacidad de enumeración. Dice la historia que Joel Glanton, un veterano de la guerra contra México por la independencia de Texas, fue contratado por las autoridades mexicanas para armar una tropa de mercenarios cazadores de cabelleras con el objetivo de “limpiar” de tribus indias hostiles el amplio territorio de la frontera sudoccidental, en la región de Arizona. Las actividades de la banda Glanton excedieron tenebrosamente los objetivos que les habían sido fijados, masacrando tribus enteras de indios pacíficos dedicados a la agricultura, e incluso ampliando su campo de acción a los propios pobladores mexicanos, hasta el punto de que las autoridades de Chihuahua la declararon fuera de la ley y pusieron precio a la cabeza de su líder. El episodio final de esta historia atroz se produjo en el río Gila, donde Glanton se apoderó de la barcaza transportadora que utilizaban los numerosos emigrantes que se dirigían a California, atraídos por la fiebre del oro, e inició un siniestro negocio que consistía básicamente en asesinar y despojar de sus bienes a los peregrinos. Allí halló la muerte, a manos de los guerreros del apache quechan Caballo en Pelo, que destruyó la banda y asesinó a su jefe.

Estos hechos constituyen el trasfondo de la trama de Meridiano de sangre, en la que, además, aparecen dos protagonistas que constituyen la verdadera esencia de la materia literaria de la novela. El “Chico” es un muchacho de apenas dieciséis años que se enrola en la banda para poder abandonar el presidio en el que se haya confinado. Carece de nombre propio, ya que él mismo lo ignora –consecuencias de una infancia terrible y violenta–, y es testigo y partícipe de la terrible aventura de la banda Glanton. El juez Holden –el líder ideológico de la misma– es un personaje terrorífico; su propia caracterización física le confiere un aura de ser sobrehumano o, más precisamente, inhumano. Es un gigante de casi dos metros de estatura y ciento cincuenta kilos de peso, un albino despojado de cabello en todo su cuerpo, un hombre refinado que domina numerosos idiomas y posee un discurso elegante y culto , toca el violín con virtuosismo, es un excelente bailarín y un ser dotado de una infinita curiosidad intelectual, que le lleva a realizar continuas anotaciones en su cuaderno de apuntes, como si su misión fuera hacer un riguroso estudio antropológico y paleontológico de las tierras que recorre la banda. Es, además, un ser amoral y despiadado, un brutal depredador ajeno a toda compasión o instinto de humanidad, violador y asesino de niños de ambos sexos, dotado de una infinita capacidad para el mal. El lector conoce al juez Holden al mismo tiempo que el Chico, testigo de un significativo episodio que caracteriza desde el principio la naturaleza malvada del personaje. En el interior de una carpa, bajo una lluvia inclemente, una multitud de hombres de la Frontera escuchan con devoción las palabras de un predicador itinerante; de golpe, el juez Holden se adelanta y lanza contra él las más graves acusaciones; la multitud se alza indignada y, sin tomar en consideración las protestas del predicador, allí mismo le lincha de forma brutal; un rato después, en la cantina del pueblo, alguien pregunta al juez Holden cómo averiguó los graves delitos de aquel hipócrita; el juez responde que nunca había visto u oído hablar de ese hombre con anterioridad; tras un momento de estupor, todos los presentes prorrumpen en carcajadas.

El juez Holden: un paradigma

El juez Holden es el paradigma del mal. Su aspecto físico recalca poderosamente su “inhumanidad”, su condición de individuo singular ajeno a la común estirpe humana. Sus actos malignos están siempre sustentados en un discurso que es, en sí mismo, la apología de una conciencia  amoral y violenta, que progresa entre los hombres por medio de la iniquidad y la depredación. No será ocioso en este momento, a tenor de las circunstancias en las que en los tiempos presentes se encuentra sumida la situación económica internacional, traer a colación una curiosa reflexión de Harold Bloom sobre este personaje «cuyo apellido tiene connotaciones de control accionarial (holding)». Holden posee otras condiciones casi extrahumanas, como es el hecho de que nunca duerme, y que él mismo proclama que «no morirá jamás». El lector no puede por menos que darle crédito. Tras la destrucción de la banda Glanton a orillas del río Gila tan solo unos pocos de sus miembros logran escapar; casi todos irán cayendo por el camino y solamente Holden y el Chico logran llegar con vida a San Diego, donde sus destinos se separan. Veintiocho años después se produce su reencuentro; el Chico ya no es un muchacho de dieciséis años, sino un hombre maduro de cuarenta y cuatro, y sin embargo el aspecto físico del juez es exactamente el mismo al del último día en que le vio. En ese reencuentro tan solo uno de ellos quedará con vida, el último sobreviviente de la banda Glanton, y no hace falta mucha imaginación para deducir quién de ellos es.

La cabalgada de la banda Glanton hacia el oeste, hacia el meridiano o lugar donde se pone el Sol, reviste en la novela de McCarthy caracteres de auténtica epopeya. Una epopeya brutal y sanguinaria –nada que ver con la de Mio Cid, junto a sus fieles, camino de un destierro injusto–, en la que el salvajismo alcanza un paroxismo que llega a lo insoportable: «…mis dos primeros intentos de leer Meridiano de Sangre fracasaron porque retrocedí ante la carnicería abrumadora que retrata McCarthy», ha confesado Harold Bloom. Los caballistas recolectores de cabelleras son forajidos, parias, desarraigados, mercenarios… la escoria de la civilización. Asesinan, violan, destruyen, masacran tribus enteras sin el menor reparo. Los tiempos modernos nos han vacunado contra ciertos escrúpulos; sucesos como las matanzas étnicas en Ruanda en 1994 o los horrores de Kosovo en 1999 hacen que la ficción más extremada se quede en algo casi anecdótico. Pero aun así Meridiano de sangre es un relato de una crudeza descarnada, hasta el punto de que la película que más se aproxima temáticamente a esta novela, la célebre Grupo salvaje (The Wild Bunch) de Sam Peckimpah, un director caracterizado generalmente como “violento”, parezca en comparación «un retrato de la dulzura misma», en palabras de Bloom. Y aun así es necesario leerla, porque constituye un drama de resonancias clásicas y shakespereanas en cuyo trasfondo resuena un relato moral de la naturaleza humana. Probablemente la vida en la Arizona de mediados del siglo xix fuera como la describe McCarthy, o incluso peor, porque cualquier ficción resulta pálida frente a realidades históricas como, por poner solo un ejemplo, la colonización europea del Congo belga. En el eterno debate en el que se aborda el choque y la dialéctica entre barbarie y civilización, quizás el análisis de Meridiano de sangre proporcione una visión singular por paradójica: las fuerzas civilizadoras, las huestes que se adentran en la Frontera para abrir camino a la civilización frente a los salvajes, se convierten a la postre en la encarnación perfecta del salvajismo. Aquí no hay equívocos; no aparece por ningún lado la ingenuidad de un Roger Casement (protagonista de El sueño del celta, de Vargas Llosa), quien cree servir a la causa de la humanidad llevando a los nativos el cristianismo, la civilización y el comercio para redimirles del atraso, la enfermedad y la ignorancia. La expedición de Glanton tan solo actúa en busca de beneficios, como la Asociación Internacional del Congo, presidida por el rey Leopoldo II; la diferencia es que esta última buscaba básicamente obtener caucho, y los protagonistas de McCarthy cabelleras de indios… y de mexicanos.

El señor de la guerra

«Si la guerra no es santa el hombre no es más que barro viejo», dice el juez Holden. La figura de este personaje ha sido conceptuada como la de un auténtico “señor de la guerra”. Por encima de personajes como Glanton, metódico y frío, ajeno a cualquier escrúpulo moral, o de Toadvine, un veterano que lleva talladas a cuchillo en la frente las letras que le identifican como ladrón y asesino, Holden representa la esencia de la maldad, porque es capaz de racionalizar el uso de la violencia y de la ausencia de piedad, la negativa a compadecerse de cualquier ser humano, la capacidad para cosificar al enemigo, de convertirle en objeto deshumanizado, digno de exterminio o, mejor aún, en “ser” que debe destruirse para la propia prevalencia o la propia subsistencia. Holden es el antecesor de esos señores de la guerra que florecieron en el Líbano, los Balcanes o Ruanda en las últimas décadas del siglo xx. «…La guerra es la forma más pura de la adivinación. Es poner a prueba la voluntad de uno y la voluntad de otro dentro de esa voluntad más amplia que, por el hecho de vincularlos a ambos, se ve obligada a elegir. La guerra es el juego definitivo porque a la postre la guerra es un forzar la unidad de la existencia. La guerra es Dios». Así, el juez Holden “diviniza” la guerra. En este contexto es un “antiguo”, en el sentido de que durante siglos, los primeros de la historia de la humanidad, la sacralización de la guerra fue algo consustancial a la naturaleza de las cosas. Los guerreros ofrendaban ante el altar de sus dioses para que estos les fueran propicios a la hora de destruir al enemigo; probablemente los mejores ejemplos se hallen en el Antiguo Testamento. «La ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso a favor del débil», ironiza Holden. En la guerra la ley moral se desvanece. No hay moral, o mejor aún, la moral es cínica y ya no responde a los principios éticos que rigen durante la paz, que han sido sustituidos por un “utilitarismo” sangriento e inhumano. «Los hombres de Dios y los hombres de la Guerra tienen extrañas afinidades», le dice el juez a Tobin, el antiguo cura miembro de la partida, remarcando una vez más el carácter místico y sacrificial de la guerra. «A medida que la guerra se vuelva ignominiosa y su nobleza sea puesta en tela de juicio los hombres honorables que reconocen la santidad de la sangre comenzarán a ser excluidos…». Esta frase la pronuncia Holden en la antesala de la escena final de la novela; se la dice a un Chico encerrado en una celda en San Diego, después de haber atravesado un terrible desierto con una punta de flecha clavada en el hueso de su pierna y bajo la amenaza de un juez Holden que le hostiga como un Leviatán terrorífico y omnipresente. Y el Chico tiene el coraje de responderle: «Usted no es nada», a lo que el juez replica: «No sabes cuánto aciertas». Este diálogo se produce apenas dos páginas antes de que, veintiocho años después de su separación, el juez Holden asesine al Chico en una escena que intuimos atroz, pero en la que McCarthy nos concede por primera vez la piedad de una elipsis.

Numerosos críticos literarios, entre ellos Bloom, han señalado las afinidades entre Meridiano de Sangre y Moby Dick. El juez Holden es la ballena blanca, el Leviatán a quien nadie puede destruir, inmortal y terrible, porque anida en lo más profundo de la propia naturaleza humana. El lector cae en la tentación de identificar al juez Holden con el personaje del coronel Kurtz interpretado por Marlon Brando en el Apocalypse now de Francis Ford Coppola. Y no es una identificación ociosa si tenemos en cuenta la novela de Conrad que inspira la película, El corazón de las tinieblas, donde Kurtz, el marchante de marfil que ha sucumbido al poder primigenio de la barbarie, musita antes de fallecer: «El horror, el horror…». Y así, con esta última vuelta de tuerca, llegamos de nuevo hasta el Congo, el África primitiva, en la que el “hombre blanco” civilizado cayó, como tantas otras veces, en brazos del salvajismo, y cerramos un círculo siniestro: el de la dialéctica eterna entre civilización y barbarie.