¡Arreando, que vienen dando!

Se acaba de poner a la venta la vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en la que se incorporan gran número de nuevas voces, entre ellas algunas procedentes de las jergas juveniles y castizas, y se nos viene a la cabeza, inevitablemente la película Bola de Fuego, del gran Howard Hawks.

Por si alguien no la recuerda daremos una breve sinopsis. Un grupo de eminentes (y provectos) eruditos se hallan consagrados a redactar un magno diccionario enciclopédico financiado por la fundación Totten; viven recluidos en una gran residencia, aislados del mundanal ruido, hasta que un día, escuchando al repartidor de leche, decidor y castizo, descubren que el léxico de la calle se transforma a velocidad vertiginosa. Deciden que se hace necesaria una investigación de campo para incorporar a la obra el elenco de nuevas palabras, y para ello comisionan al único joven del grupo de redactores, el profesor Bertrand Potts (Gary Cooper). Ataviado con un conveniente smoking y pertrechado de bloc de notas, Potts acude a un cabaret. Allí actúa la cantante Sugarpuss O’Shea (Barbara Stanwick), que interpreta la canción Drum Boogie. Al final de la misma Potts ha llenado toda una planilla de palabras y expresiones desconocidas y excitantes. El profesor se dirige a continuación a los camerinos, para pedir a la bella cantante que  asesore a la fundación en el proceloso mundo del slang y los neologismos. Como es lógico, la cabaretera le despacha con cajas destempladas: ¡Arreando, que vienen dando!, y Potts se retira compungido, no sin antes anotar esa última expresión en su libreta.

Pero entonces entra en escena el gangster Joe Lilac (Dana Andrews), novio de la cantante, para decirle a esta que la policía la está buscando para que declare contra él en un inminente juicio, y que conviene que se quite de en medio una temporada. A Sugarpuss se le enciende la bombilla, ¿qué mejor escondite que la fundación Totten, el último lugar en el que a la policía se le ocurriría buscarla? Sale rápidamente del camerino, encuentra a Potts y acepta la propuesta que antes rechazó.

El resto de la historia es más o menos previsible: Sugarpuss se convierte en la reina de la residencia, adorada incondicionalmente por todos los valetudinarios sabios, y de forma más específica por el joven Potts, que se enamora de ella. Sugarpuss le corresponde, fascinada por una forma de vida tan radicalmente distinta a la que siempre conoció. El problema surge cuando Joe Lilac, pasado el peligro, acude a recuperar a su chica. Los respetables eruditos, con Potts al frente, se rebelan y hacen frente a los gangsters… Y como es una comedia, salen triunfantes.

La película es deliciosa, no solo por la dirección del genial Howard Hawks, sino también por un guión lleno de hilarantes juegos de palabras, obra de  Billy Wilder y Charles Brackett, que se basaron en un relato  titulado muy significativamente  From A to Z del propio Wilder y Thomas Monroe. Dicen algunos críticos que la película no es sino una adaptación neoyorquina y contemporánea del cuento Blancanieves y los siete enanitos, en la que los enanitos  serían los sabios estudiosos, el príncipe azul Gary Cooper, y Barbara Stanwick una despampanante y desenfadada Blancanieves.

Viendo alguno de los neologismos que los señores de la docta casa han incorporado a la nueva edición del DRAE, como “amigovios”, que nunca nadie había oído antes, o “chachi”, que nos suena un tanto rancio, podría llegar uno a la conclusión de que tal vez hubiera sido interesante incorporar a una Sugarpuss hispana como asesora.

 

Pifias editoriales

Con motivo de la reedición en España del ensayo Los nuestros, del crítico chileno Luis Harss, por parte de la editorial Alfaguara, han ido apareciendo diversas noticias en las páginas de cultura de los medios de comunicación, pues no en vano es fama que este libro, aparecido en 1966, fue el que estableció el canon de lo que se conoce como el “boom” de la literatura latinoamericana, acaecido justamente en aquellos años. A nosotros nos ha llamado la atención que en una entrevista al autor realizada por  Tomás Eloy Martínez en el diario argentino La Nación, a una pregunta sobre la inclusión en dicho canon de Gabriel García Márquez, responde Harss: «Yo había leído sus cuentos y su novela La mala hora (una edición española no autorizada por el autor circulaba desde 1962). Cuando el manuscrito de Cien años de soledad ya estaba muy adelantado, envió una muestra de unas setenta páginas a varias personas. No sé cómo llegó hasta mí. Yo le escribí: “Me parece demasiado anecdótico”… y le llevé esas páginas a Paco Porrúa. La novela salió uno o dos años después y cambió el mundo». Este detalle viene a cuento de una de las grandes “pifias” editoriales acaecidas en el mundo editorial español.

Los errores de apreciación de los encargados de descubrir nuevos talentos para la industria del entretenimiento y de la cultura han sido, algunos de ellos, monumentales. El ejemplo más conocido es el del ejecutivo de la compañía discográfica Decca, que rechazó a los Beatles, e incluso les recomendó que se dedicaran a otra cosa porque los grupos de guitarras no tenían ningún futuro en la música popular. Pero, centrándonos en el mundo editorial, es proverbial la “anécdota” de que André Gide, trabajando en el consejo editorial de la Nouvelle Revue Française, rechazó publicar ni más ni menos que En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. A Gide se le imputa la (probablemente falsa) declaración de que «si es preciso convalecer de tuberculosis para leer los cuarenta y tres volúmenes de Saint-Simon, los siete tomos de En busca del tiempo perdido requerirían de, al menos, un tifus». Pero lo cierto es que rechazó la novela, aunque a posteriori reconocía compungido su error. En 1914 escribió Gide a Proust: «Desde hace varios días no abandono su libro; me lleno de él con deleite, me sumerjo en sus páginas. ¡Ay de mí! ¿Por qué me resulta tan doloroso amarlo tanto?… Haber rechazado este libro quedará para siempre como el más grave error de la NFR, y (como tengo la vergüenza de ser en gran parte el responsable de esto) una de las tristezas, de los remordimientos más dolorosos de mi vida».

El que jamás reconoció su error fue el admirable por tantas cosas Carlos Barral, sin duda la figura más destacada de la edición española, responsable también en muy buena medida del estallido del boom de la narrativa latinoamericana (junto a la benemérita Carmen Ballcels). A muchos de los autores del boom les acogió el editor en Seix Barral, y les protegió con coraje de la infame censura de aquellos años, como fue el caso de Mario Vargas Llosa, cuya novela La ciudad y los perros pudo ser publicada en España, incluso después de haber sido rechazada en dos ocasiones por la censura, gracias a sus buenos oficios y a los de José María Valverde. La historia la ha contado el propio Vargas Llosa, quien siempre se refirió a Barral en los términos más elogiosos.

Pero lo cierto es que Barral rechazó Cien años de soledad. ¿Por qué? ¿Error de criterio literario? Yo me inclino más bien a pensar que no debió ver posibilidades comerciales en aquella novela tan especial y tan novedosa. Como también es cierto que siempre negó su equivocación. En su libro de memorias Cuando los años veloces escribe: «Debiera saberse que yo no publiqué Cien años de soledad a causa de  un malentendido, a la falta de respuesta puntual a un telegrama, y no por un error editorial ni por una torpe lectura del manuscrito –que nunca vi– como maliciosamente se ha pretendido». Quizás deberíamos concederle el beneficio de la duda. ¿Ustedes qué piensan? La novela fue publicada por la editorial Sudamericana en 1967 y, como bien dice Harss “cambió el mundo”. Al crítico chileno le bastaron setenta páginas del original para decidirse a incluirlo en su canon; quizás las mismas que le “sobraron” a Barral.