Ferlosio se burla

En la época de mayor esplendor de la editorial Seix Barral y la colección Biblioteca Breve, Carlos Barral cumplía metódicamente con su estancia anual en Madrid que, aunque en su tiempo era con diferencia la segunda plaza editorial de España por detrás de Barcelona, era el punto de encuentro de los actores editoriales y autores del «resto» de España. Alquilaba una suite en el Hotel Suecia, muy cerca del Círculo de Bellas Artes, que por unos días se convertía en el polo de atracción y centro de peregrinaje de la edición madrileña casi al completo, en la que el «celebrado» Barral ejercía de anfitrión y de referente editorial para la actividad literaria de escritores consagrados y aspirantes a serlo. El talante de aquellas reuniones solía ser bastante festivo –el propio Barral las calificó como «cuchipandas» en alguna ocasión‒. Por allí, invariablemente desfilaban sus amigos: Ricardo Muñoz Suay, Alfonso Sastre, Armando López Salinas, Antonio Ferres o Ángel González, profesionales y escritores en alguna medida vinculados al Partido Comunista. Las estancias en el Hotel Suecia de Madrid eran densas, intensas y en algunas ocasiones hasta productivas.

Rafael Sánchez Ferlosio las ha caricaturizado con sorna y sentido del humor: «Llega el editor catalán, llama displicentemente por teléfono desde un sillón de la suite del Hotel Suecia. Inmediatamente suenan en cadena los teléfonos, desde el viejo Madrid hasta Vallecas, y corre como reguero de pólvora la noticia. Los príncipes maragatos se ponen en marcha, pegaditos a las fachadas, enfundados en sus gabardinas, largas como sotanas, avanzan y se guardan en las esquinas. Grupo a grupo se reúnen en la puerta del hotel y suben todos juntos a borbotones de ascensor. Entran, saludan tímidamente, se quitan de un solo gesto gabardina y chaquetita dentro y se sientan en el borde de los sillones, del sofá cama, de las apaisadas sillas de reposo. “Qué vas a tomar”, pregunta el editor, impaciente, que se pasea con las manos cruzadas por la estancia. “Un café con leche, una cocacola, un café solo…”. “Bueno, gin-tonic para todos…”».

La anécdota la ha contado el propio Barral en sus Memorias, donde señala que la conoció a través de terceras personas, por lo que no podemos estar seguros de que sea real, aunque se adecua perfectamente a la personalidad sarcástica de Ferlosio, tan crítico con los cenáculos de «letraheridos», y tan escéptico sobre la labor de los novelistas, sin excluir su propia obra. Las «famosas» reuniones anuales del Hotel Suecia dejaron de celebrarse poco después, probablemente por la razón que expuso Jaime Salinas, que dijo que regresaban a Barcelona con la sensación de que era muy difícil encontrar allí nada interesante que incorporar al catálogo. Carlos Barral siguió acudiendo periódicamente a la capital, pero para celebrar encuentros más específicos y mucho menos festivos. Lo que si sabemos es que Rafael Sánchez Ferlosio jamás pisó la suite de Barral en el Hotel Suecia, y que el relato no es más que una humorada del egregio escritor recientemente fallecido que, sin embargo, le hizo mucha gracia al propio Barral, como se refleja en sus Memorias.

Carlos Barral. El aristócrata indigente

El próximo día 12 de diciembre se cumplen treinta años del fallecimiento del editor y poeta Carlos Barral. Celebrar el trigésimo aniversario de su pérdida prematura, con tan solo 61 años, es casi un imperativo no solo para el mundo editorial y del libro, sino también para todos los amantes de la lectura, ya que fue un personaje polifacético y brillante cuya labor al frente de Seix Barral transformó radicalmente el mundo del libro español, sacándolo del provincianismo y la atonía del primer franquismo y proyectándolo internacionalmente.

Cuando Barral y sus colaboradores crearon la renovada colección Biblioteca Breve casi todo estaba por hacer. A España no llegaba la nueva literatura que había eclosionado en la Europa de postguerra, en Alemania, en Italia, en la Francia del nouveau roman, etc. Los editores establecidos no traducían esos libros «difíciles», considerados demasiado vanguardistas para la sociedad española, y temían ‒con razón‒ la acción devastadora de la Censura, que se aplicaba a machamartillo para mantener a los lectores españoles en un limbo patriótico nacionalcatólico, reaccionario y mojigato. Barral combatió esta situación con valentía y denuedo, publicando esta literatura internacional y a los nuevos novelistas españoles del Realismo Social, Juan García Hortelano, Luis Martín-Santos, Juan Marsé, etc. Le costó «sangre, sudor y lágrimas», pero logró llevar adelante su programa y crear un catálogo deslumbrante que transformó radicalmente el panorama editorial español. Existen dos casos paradigmáticos referidos a la Censura que merece la pena resaltar entre otros muchos. La concesión del Premio Formentor a Tormenta de verano, de Juan García Hortelano, produjo un choque brutal con la Censura, en el que desde el Ministerio del Interior se llegó a exigir a Víctor Seix el cese inmediato de Carlos Barral al frente de la dirección editorial de la compañía, e incluso se llegó a pedir su exilio «voluntario». La publicación de La ciudad y los perros, del todavía desconocido Mario Vargas Llosa, que significó el estallido del boom de la literatura hispanoamericana, tan solo se logró después de una lucha denodada, incluidas gestiones personales de José María Valverde, Barral y el propio autor frente al Director General Robles Piquer. Ambos casos generaron gruesos expedientes de censura, que son estudiados a fondo en el libro Carlos Barral. El aristócrata indigente, y que resultan paradigmáticos para entender el papel castrador de la Censura franquista. El caso de Vargas Llosa adquiere particular relevancia ya que significó el inicio de la eclosión del boom de la novela latinoamericana, de repercusión mundial, y cuyo epicentro se situó en Barcelona merced a la acción de sus dos grandes mentores, Carlos Barral y Carmen Balcells.

Uno de los mayores aciertos de Barral fue saber rodearse de un grupo de colaboradores de enorme peso intelectual y gestor. La nómina es deslumbrante: Víctor Seix, Joan Petit, Jaime Salinas, Rosa Regás, Carmen Balcells, así como al conjunto de los escritores de la Escuela de Barcelona de la generación de los Cincuenta, Josep Maria Castellet, Jaime Gil de Biedma, los hermanos Goytisolo, Alberto Oliart, los hermanos Ferrater, etc., cada uno en su papel y todos ellos brillantes y determinantes. También se codeó con lo más granado de la edición europea, especialmente con Gallimard y con Einaudi, y su iniciativa de crear los premios y congresos de Formentor constituye la única ocasión en la que grandes editores europeos y americanos colaboraron en un proyecto común en pro de la gran literatura.

El gran acierto de Barral fue su firme creencia de que en España existía un núcleo de buenos lectores que estaba demandando el acceso a la nueva literatura, y que la obligación de un editor era precisamente facilitárselo. Para lograrlo hubo de enfrentarse también a la gerencia comercial de su propia editorial, que no creyó en la viabilidad de tal proyecto hasta que los hechos lo desmintieron. La deuda de los amantes de la literatura con la colección Biblioteca Breve es inmensa.

Pero, como hemos dicho, Barral no solo fue un magnífico editor, vanguardista y osado, sino también un poeta excelente, miembro destacado de la generación de los Cincuenta, de quien la académica y catedrática Carme Riera ha llegado a decir que los jóvenes poetas deberían leer más a Barral y menos a Gil de Biedma ‒que fue uno de los más grandes amigos del editor‒; también fue un excelente memorialista, cuyos libros figuran entre los más importantes en la España de la segunda mitad del siglo xx, y de los que hispanistas como Raymond Carr han afirmado que son los que más les ha ayudado a entender la sociedad española de postguerra. Fue además un personaje singular, mundano, cosmopolita, humanista, amante del mar en el Calafell que a su sombra se convirtió en polo de atracción de literatos, críticos y editores, conversador ameno y brillante…

Treinta años después de su fallecimiento ha llegado la hora de recuperar su figura y reivindicar su memoria, porque su papel en la modernización literaria y editorial de España fue inmenso, y su labor ‒continuada por editores formados a su sombra o bajo su ejemplo, como Jorge Herralde, Beatriz de Moura, Esther Tusquets, Jaime Salinas o Rosa Regás‒, esencial para el progreso de la cultura literaria española.

¡Arreando, que vienen dando!

Se acaba de poner a la venta la vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en la que se incorporan gran número de nuevas voces, entre ellas algunas procedentes de las jergas juveniles y castizas, y se nos viene a la cabeza, inevitablemente la película Bola de Fuego, del gran Howard Hawks.

Por si alguien no la recuerda daremos una breve sinopsis. Un grupo de eminentes (y provectos) eruditos se hallan consagrados a redactar un magno diccionario enciclopédico financiado por la fundación Totten; viven recluidos en una gran residencia, aislados del mundanal ruido, hasta que un día, escuchando al repartidor de leche, decidor y castizo, descubren que el léxico de la calle se transforma a velocidad vertiginosa. Deciden que se hace necesaria una investigación de campo para incorporar a la obra el elenco de nuevas palabras, y para ello comisionan al único joven del grupo de redactores, el profesor Bertrand Potts (Gary Cooper). Ataviado con un conveniente smoking y pertrechado de bloc de notas, Potts acude a un cabaret. Allí actúa la cantante Sugarpuss O’Shea (Barbara Stanwick), que interpreta la canción Drum Boogie. Al final de la misma Potts ha llenado toda una planilla de palabras y expresiones desconocidas y excitantes. El profesor se dirige a continuación a los camerinos, para pedir a la bella cantante que  asesore a la fundación en el proceloso mundo del slang y los neologismos. Como es lógico, la cabaretera le despacha con cajas destempladas: ¡Arreando, que vienen dando!, y Potts se retira compungido, no sin antes anotar esa última expresión en su libreta.

Pero entonces entra en escena el gangster Joe Lilac (Dana Andrews), novio de la cantante, para decirle a esta que la policía la está buscando para que declare contra él en un inminente juicio, y que conviene que se quite de en medio una temporada. A Sugarpuss se le enciende la bombilla, ¿qué mejor escondite que la fundación Totten, el último lugar en el que a la policía se le ocurriría buscarla? Sale rápidamente del camerino, encuentra a Potts y acepta la propuesta que antes rechazó.

El resto de la historia es más o menos previsible: Sugarpuss se convierte en la reina de la residencia, adorada incondicionalmente por todos los valetudinarios sabios, y de forma más específica por el joven Potts, que se enamora de ella. Sugarpuss le corresponde, fascinada por una forma de vida tan radicalmente distinta a la que siempre conoció. El problema surge cuando Joe Lilac, pasado el peligro, acude a recuperar a su chica. Los respetables eruditos, con Potts al frente, se rebelan y hacen frente a los gangsters… Y como es una comedia, salen triunfantes.

La película es deliciosa, no solo por la dirección del genial Howard Hawks, sino también por un guión lleno de hilarantes juegos de palabras, obra de  Billy Wilder y Charles Brackett, que se basaron en un relato  titulado muy significativamente  From A to Z del propio Wilder y Thomas Monroe. Dicen algunos críticos que la película no es sino una adaptación neoyorquina y contemporánea del cuento Blancanieves y los siete enanitos, en la que los enanitos  serían los sabios estudiosos, el príncipe azul Gary Cooper, y Barbara Stanwick una despampanante y desenfadada Blancanieves.

Viendo alguno de los neologismos que los señores de la docta casa han incorporado a la nueva edición del DRAE, como “amigovios”, que nunca nadie había oído antes, o “chachi”, que nos suena un tanto rancio, podría llegar uno a la conclusión de que tal vez hubiera sido interesante incorporar a una Sugarpuss hispana como asesora.

 

Pifias editoriales

Con motivo de la reedición en España del ensayo Los nuestros, del crítico chileno Luis Harss, por parte de la editorial Alfaguara, han ido apareciendo diversas noticias en las páginas de cultura de los medios de comunicación, pues no en vano es fama que este libro, aparecido en 1966, fue el que estableció el canon de lo que se conoce como el “boom” de la literatura latinoamericana, acaecido justamente en aquellos años. A nosotros nos ha llamado la atención que en una entrevista al autor realizada por  Tomás Eloy Martínez en el diario argentino La Nación, a una pregunta sobre la inclusión en dicho canon de Gabriel García Márquez, responde Harss: «Yo había leído sus cuentos y su novela La mala hora (una edición española no autorizada por el autor circulaba desde 1962). Cuando el manuscrito de Cien años de soledad ya estaba muy adelantado, envió una muestra de unas setenta páginas a varias personas. No sé cómo llegó hasta mí. Yo le escribí: “Me parece demasiado anecdótico”… y le llevé esas páginas a Paco Porrúa. La novela salió uno o dos años después y cambió el mundo». Este detalle viene a cuento de una de las grandes “pifias” editoriales acaecidas en el mundo editorial español.

Los errores de apreciación de los encargados de descubrir nuevos talentos para la industria del entretenimiento y de la cultura han sido, algunos de ellos, monumentales. El ejemplo más conocido es el del ejecutivo de la compañía discográfica Decca, que rechazó a los Beatles, e incluso les recomendó que se dedicaran a otra cosa porque los grupos de guitarras no tenían ningún futuro en la música popular. Pero, centrándonos en el mundo editorial, es proverbial la “anécdota” de que André Gide, trabajando en el consejo editorial de la Nouvelle Revue Française, rechazó publicar ni más ni menos que En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. A Gide se le imputa la (probablemente falsa) declaración de que «si es preciso convalecer de tuberculosis para leer los cuarenta y tres volúmenes de Saint-Simon, los siete tomos de En busca del tiempo perdido requerirían de, al menos, un tifus». Pero lo cierto es que rechazó la novela, aunque a posteriori reconocía compungido su error. En 1914 escribió Gide a Proust: «Desde hace varios días no abandono su libro; me lleno de él con deleite, me sumerjo en sus páginas. ¡Ay de mí! ¿Por qué me resulta tan doloroso amarlo tanto?… Haber rechazado este libro quedará para siempre como el más grave error de la NFR, y (como tengo la vergüenza de ser en gran parte el responsable de esto) una de las tristezas, de los remordimientos más dolorosos de mi vida».

El que jamás reconoció su error fue el admirable por tantas cosas Carlos Barral, sin duda la figura más destacada de la edición española, responsable también en muy buena medida del estallido del boom de la narrativa latinoamericana (junto a la benemérita Carmen Ballcels). A muchos de los autores del boom les acogió el editor en Seix Barral, y les protegió con coraje de la infame censura de aquellos años, como fue el caso de Mario Vargas Llosa, cuya novela La ciudad y los perros pudo ser publicada en España, incluso después de haber sido rechazada en dos ocasiones por la censura, gracias a sus buenos oficios y a los de José María Valverde. La historia la ha contado el propio Vargas Llosa, quien siempre se refirió a Barral en los términos más elogiosos.

Pero lo cierto es que Barral rechazó Cien años de soledad. ¿Por qué? ¿Error de criterio literario? Yo me inclino más bien a pensar que no debió ver posibilidades comerciales en aquella novela tan especial y tan novedosa. Como también es cierto que siempre negó su equivocación. En su libro de memorias Cuando los años veloces escribe: «Debiera saberse que yo no publiqué Cien años de soledad a causa de  un malentendido, a la falta de respuesta puntual a un telegrama, y no por un error editorial ni por una torpe lectura del manuscrito –que nunca vi– como maliciosamente se ha pretendido». Quizás deberíamos concederle el beneficio de la duda. ¿Ustedes qué piensan? La novela fue publicada por la editorial Sudamericana en 1967 y, como bien dice Harss “cambió el mundo”. Al crítico chileno le bastaron setenta páginas del original para decidirse a incluirlo en su canon; quizás las mismas que le “sobraron” a Barral.