Malditos y geniales. Poe, Baudelaire, Corman.

El pasado mes de febrero se conmemoró el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, del que se hicieron eco profusamente revistas literarias, secciones de cultura y suplementos de libros de los principales diarios y, en general, todos los medios de comunicación. La efemérides indudablemente se lo merecía. Ante esta avalancha, nosotros, que somos devotos del escritor estadounidense, hemos preferido esperar al final de los fastos para abordar un aspecto poco conocido del destino literario del formidable autor de Narraciones extraordinarias. Fue, una vez más, Manuel Rodríguez Rivero (que lleva camino de convertirse en un referente de este blogg) quien se refirió en primer lugar en su habitual columna de El País al cruel destino al que estaba abocada la obra de Poe a causa, entre otras cosas, de la insidia del que fue su “albacea literario” por disposición testamentaria del propio escritor, el inicuo reverendo Rufus W. Griswold. Encargado éste de recoger, ordenar y publicar la opera omnia del autor, que había sido dada a la prensa de forma dispersa, se despachó de entrada con una necrológica infamante publicada en el New York Tribune, que comenzaba diciendo: “Edgar Allan Poe murió anteayer, pero muy pocos le lloran… porque tenía pocos, incluso poquísimos amigos”.  En el artículo, Griswold retrata a un personaje despreciable: irascible, envidioso, ambicioso, desprovisto de sentido moral y que, en contraste con su naturaleza altiva, carecía del más mínimo sentido del honor. Se recrea enumerando sus incontables vicios, su adicción al alcohol y a los sueños delirantes… Aunque es de justicia reconocer que no dejó de admitir sus méritos literarios: “Con él, el arte literario pierde una de sus estrellas más luminosas”.

En realidad, difícilmente la obra de Poe podía suscitar simpatías en su tiempo en la puritana y pacata sociedad estadounidense. Pero donde sufrió los ataques más virulentos fue entre los críticos británicos, agitados por una ola de fanatismo moralizante de proporciones apocalípticas, que acusaron a Griswold de haberse quedado corto. Así, se referían al pobre Edgar Allan Poe como: ” …paria de las letras, aquel gran infame, aquel gran mendigo, aquel vagabundo… El más profundo abismo de imbecilidad moral no había sido alcanzado jamás antes de que Poe apareciese para servir de amonestación a los tiempos venideros” (Revista de Edimburgo). “Poe es el más indigno, el más depravado de los seres… es un irracional, un enfermo del genio, un loco agitado por los espíritus de la falsedad, de la furia y de la inmoralidad… un demonio delirante que corre y aúlla en las tinieblas, montruoso bastardo del diablo y del ingenio” (Living Age, Critic).  Hay que reconocer que estos críticos, sobre todo el último, podían carecer de gusto literario, pero como creadores de invectivas estrepitosas no tenían precio.

Poe parecía así predestinado a caer en el olvido y el descrédito, hasta que una insólita y afortunada circunstancia vino a sacarle del ostracismo artístico. Sucedió, como tantas veces, en Francia. En 1846, el diario francés La Quotidienne, publicó un relato titulado Un delito sin precedentes, firmado con las siglas G.B., y en el mes de octubre del mismo año, Emile Forges daba a la luz, en el diario Le Commerce, otro cuento titulado Un sangriento enigma. Lo chocante es uno y otro eran sospechosamente parecidos, casi idénticos, lo que dio lugar a un proceso judicial por plagio. La instrucción del mismo tuvo un inesperado desenlace. En realidad ambos relatos eran plagiarios, pues se trataba de meras traducciones de una narración original llamada Los crímenes de la calle Morgue, de un ignoto escritor estadounidense que firmaba Edgar Allan Poe.

La consecuencia de aquel escándalo fue que se despertó un gran interés por la obra de dicho autor, y que sus narraciones comenzaron a traducirse y publicarse con asiduidad en Francia. El gran valedor de Poe fue sin duda su principal traductor, el genial poeta Charles Baudelaire. El autor de Las flores del mal, que había sufrido un grave proceso por inmoralidad y escándalo público cuando se editaron sus poesías y era, por tanto, también un “maldito”, no podía por menos que sentir empatía hacia el denostado autor estadounidense. Y cuando leyó al infamante artículo necrológico del reverendo Griswold, ardió en justa ira: “Este pedagogo-vampiro ha difamado por todo lo alto a su amigo en un enorme artículo, mediocre y rencoroso, que precisamente encabeza las obras del poeta (efectivamente, cuando Griswold publicó la opera omnia de Poe introdujo como prólogo su propio artículo necrológico)… ¿No existe, pues, en América una disposición que prohiba a los perros la entrada en los cementerios?”. Desde aquel momento, la fama y el prestigio de Poe no dejó de crecer en el Viejo Continente, y desde allí, acabó por imponerse en su propio país de origen.  Los hispanohablantes gozamos del inmenso privilegio de poder leer su obra ni más ni menos que en la traducción de Julio Cortázar, en la edición que publicó Alianza en su impagable colección Libro de Bolsillo.

Vamos acabando (por el momento, porque más adelante escribiremos nuevamente sobre Poe, como indiscutible creador de la novela policiaca de “enigma” y, especialmente, sobre su poco conocida obra Eureka!, un formidable y enigmático opúsculo parafilosófico de sorprendente lucidez), pero antes de hacerlo, y para ser fieles al espíritu de este blogg, no podemos dejar de referirnos a la relación de la obra de Poe con el “séptimo arte”. El director que con mayor fortuna ha penetrado en el universo de Poe es, indudablemente, Roger Corman. El prolífico cineasta nacido en Detroit en 1926 es también, a su propia manera, un “maldito”. Fue un maestro del cine de serie B que, rodeado de un magnífico equipo de profesionales que él mismo descubría y formaba, era capaz de rodar hasta setenta y ocho planos diarios lo que le permitía completar largometrajes en menos de diez días con un coste reducidísimo. ¡La esencia del cine de serie B! Y lo más chocante es que no hablamos de películas malas, ni mucho menos. Por poner un solo ejemplo, un producto imperecedero de la “Factoría Corman” es La pequeña tienda de los horrores (1960), obra maestra rodada apenas en dos días y una noche, a mitad de camino entre la ciencia ficción, el terror y el humor más delirante. En la “Factoría” y a las órdenes de Corman comenzaron su carrera cinematográfica directores como Peter Bogdanovich, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Jonathan Demme, y actores como Robert de Niro y Jack Nicholson (recuerden la desopilante escena de La pequeña tienda de los horrores en que Nicholson es el paciente masoquista de un dentista, al que por error atiende en vez del doctor el dependiente de la floristería que alberga a la planta carnívora, quien en su ineptitud inflige atroces dolores a su paciente, que a la postre se despide de él desdentado pero satisfecho y agradecido). Entre 1960 y 1964 rodó diversas películas basadas en relatos de Poe: El hundimiento de la casa Usher, La tumba de Ligeia, El péndulo de la muerte, La obsesión, Historias de terror, El cuervo y La máscara de la muerte roja, y en casi todas ellas contó con la colaboración del más “bizarre” y sin embargo “chic” de los actores de películas de “miedo”: el inimitable Vincent Price.

 

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