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Edgar Allan Poe, creador de la novela policiaca

Existen cuatro elementos en Los crímenes de la calle Morgue que le confieren el carácter de relato seminal de la novela policiaca. En primer lugar, la creación del primer detective dilettante, el elegante, racionalista y analítico Auguste Dupin, al que cabe el honor de ser el primero de una larga y excelsa lista de personajes de ficción que han ocupado un lugar eminente en el imaginario universal del relato criminal: el Monsieur Le Coq de Gaboriau, el Sherlock Holmes de Conan Doyle, el Philo Vance de Van Dine,  el Hercules Poirot y la señora Marple de Agatha Christie, el padre Brown de Chesterton, el Nero Wolfe de Red Stout, y las decenas de personajes que les han seguido hasta nuestros días. En segundo lugar, la primera utilización de un argumento clásico del género: el enigma de la habitación cerrada. En tercer lugar, la creación del estereotipo de un cuerpo de policía adocenado, rutinario, carente de imaginación y de ingenio que, inevitablemente, fracasa ante los enigmas sutiles y asiste atónito, debatiéndose entre el disgusto y la sincera admiración, a los alardes de suprema inteligencia del detective aficionado de turno. En último lugar, la creación de un personaje secundario que da la justa réplica al actor principal, un colega, un amigo, un compañero, pero siempre un ser más limitado cuya función esencial es ejercer de cronista de las hazañas del héroe y de representar el papel de “persona normal” en contraste con la talla sobrehumana del detective; su modelo más acabado será el doctor Watson de Conan Doyle.

 

Auguste Dupin nace en 1841 en el Graham’s Magazine de Filadelfia, en el que Poe colaboraba habitualmente, y su presentación en sociedad no puede ser más deslumbrante. Dupin pasea en compañía de su amigo (el innominado narrador del relato) en la noche parisina por las inmediaciones del Palais Royal. Caminan silenciosos por las desiertas aceras hasta que Dupin hace una observación: «Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés». Su compañero responde automáticamente: «No cabe duda». Pero al momento advierte que llevan más de un cuarto de hora en silencio y que el detective parece haber adivinado su pensamiento. «¿Cómo es posible que haya adivinado que estaba pensando en… ?». «…en Chantilly», completa la frase Dupin. Y no solo eso, sino que es capaz de enumerar minuciosamente la concatenación de pensamientos de su compañero en los últimos quince minutos, dejándole estupefacto. Exactamente, lo mismo que le sucederá años después al doctor Watson, cuando Holmes parece ser capaz de adivinar de  forma casi sobrenatural una larga serie de detalles relativos a la vida y costumbres de sus interlocutores, antes de ser informado de los detalles concretos que han posibilitado las deducciones del detective. Con esta puesta en escena Edgar Allan Poe se inventa de golpe la llamada novela policiaca de enigma, y abre el camino a una forma de relato popular que ha mantenido su vigencia e interés entre los lectores en todo tiempo y circunstancias, hasta nuestros días.

Auguste Dupin comparecerá nuevamente en tan solo dos narraciones más de Poe, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada, publicadas en The Gift, de Filadelfia.  Ambos son relatos mucho más intelectuales que Los crímenes de la calle Morgue. El primero de ellos ha sido calificado como un «hábil y fatigoso ejercicio de raciocinio», y el segundo ha sido tenido por el mejor de los relatos policiales de Poe, por su brevedad, concisión y elegancia: qué mejor sitio para esconder algo que es de vital importancia que no sea encontrado que depositarlo a la vista y al alcance de cualquiera. Aquí se añade un elemento nuevo, la paradoja, un factor del que los epígonos de Edgar Allan Poe sacarán verdadero petróleo, y sobre todos ellos Chesterton, el creador de un curita de aldea tocado con una teja y que por toda arma maneja un desmesurado paraguas, empeñado en ver lo que para el resto de los mortales parece oculto, en una lucha épica e interminable contra el Mal con mayúscula, es decir, la modernidad, el librepensamiento y el socialismo.

Pero al Marie Rogêt y a La carta les faltan elementos esenciales que sí se hallan en Los crímenes de la calle Morgue: la sangre, el espanto, la brutalidad… la animalidad pura. Porque al fin y al cabo el criminal autor de los asesinatos de madame L’Espanaye y su hija Camille no es otro que un orangután de Borneo escapado de su dueño. Para la resolución del crimen el “mago” Dupin utilizará tan solo dos herramientas, su ingenio infinito y un anuncio en el periódico, recurso que exprimirá después concienzudamente Conan Doyle, en una época en la que, al parecer, los ciudadanos leían los periódicos hasta el fondo, sin olvidar los anuncios por palabras.

Los crímenes de la calle Morgue no solo constituye el relato fundador de la novela policiaca y uno de sus referentes inevitables, sino que tuvo la virtud de sacar a Edgar Allan Poe, años después de su muerte, del olvido y la repulsa, catapultándole a la inmortalidad, tal como contábamos en nuestro post anterior.  Edgar Allan Poe, pese a lo precario de su existencia, gozó de la fama literaria en vida. Sus cuentos eran esperados con ansia y leídos con placer, su firma servía para acrecentar el volumen de ventas de las revistas en las que colaboró, y la publicación de su poema El cuervo, le proporcionó una notoriedad reservada tan solo a los grandes divos. Pero a pesar de ello, su vida desordenada, sus excesos alcohólicos y sus delirios pesaron más en la consideración de la puritana sociedad a la que perteneció. Si a ello se suma el hecho de que a lo largo de los años se había ganado a conciencia la envidia y animadversión de los círculos literarios, contra los que arremetió sin moderación en sus críticas, se comprende que el “elogio fúnebre” de Griswold fuera el banderín de enganche de una severa campaña de rechazo y menosprecio contra el difunto poeta.

 

Por último, debemos señalar como hecho curioso que Roger Corman jamás llegó a rodar una película basada en Los crímenes de la calle Morgue, a pesar de que el cuento parecía perfecto para ser adaptado a su particular estilo, tanto por lo sugestivo del personaje de Auguste Dupin como por la truculencia del argumento y el sorprendente desenlace del mismo. La primera película basada en el relato de Poe fue dirigida por Robert Florey (Murders in the Rue Morgue, 1932) y protagonizada por Bela Lugosi, el “Drácula” por antonomasia de la historia del cine, pero por desgracia el guión poco tenía que ver con el relato original, pues trata de un científico loco que rapta a jóvenes mujeres para realizar infames experimentos con el fin de demostrar el vínculo genético entre los simios y los seres humanos. Esta película no fue la única aportación de Bela Lugosi a la filmografía basada en la obra de Poe; en 1935 protagonizó El Cuervo (The Raven), dirigida por Lew Landers para Universal Pictures, con Boris Karloff (el otro gran “monstruo” del cine clásico de terror) como coprotagonista.

 

Malditos y geniales. Poe, Baudelaire, Corman.

El pasado mes de febrero se conmemoró el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, del que se hicieron eco profusamente revistas literarias, secciones de cultura y suplementos de libros de los principales diarios y, en general, todos los medios de comunicación. La efemérides indudablemente se lo merecía. Ante esta avalancha, nosotros, que somos devotos del escritor estadounidense, hemos preferido esperar al final de los fastos para abordar un aspecto poco conocido del destino literario del formidable autor de Narraciones extraordinarias. Fue, una vez más, Manuel Rodríguez Rivero (que lleva camino de convertirse en un referente de este blogg) quien se refirió en primer lugar en su habitual columna de El País al cruel destino al que estaba abocada la obra de Poe a causa, entre otras cosas, de la insidia del que fue su “albacea literario” por disposición testamentaria del propio escritor, el inicuo reverendo Rufus W. Griswold. Encargado éste de recoger, ordenar y publicar la opera omnia del autor, que había sido dada a la prensa de forma dispersa, se despachó de entrada con una necrológica infamante publicada en el New York Tribune, que comenzaba diciendo: “Edgar Allan Poe murió anteayer, pero muy pocos le lloran… porque tenía pocos, incluso poquísimos amigos”.  En el artículo, Griswold retrata a un personaje despreciable: irascible, envidioso, ambicioso, desprovisto de sentido moral y que, en contraste con su naturaleza altiva, carecía del más mínimo sentido del honor. Se recrea enumerando sus incontables vicios, su adicción al alcohol y a los sueños delirantes… Aunque es de justicia reconocer que no dejó de admitir sus méritos literarios: “Con él, el arte literario pierde una de sus estrellas más luminosas”.

En realidad, difícilmente la obra de Poe podía suscitar simpatías en su tiempo en la puritana y pacata sociedad estadounidense. Pero donde sufrió los ataques más virulentos fue entre los críticos británicos, agitados por una ola de fanatismo moralizante de proporciones apocalípticas, que acusaron a Griswold de haberse quedado corto. Así, se referían al pobre Edgar Allan Poe como: ” …paria de las letras, aquel gran infame, aquel gran mendigo, aquel vagabundo… El más profundo abismo de imbecilidad moral no había sido alcanzado jamás antes de que Poe apareciese para servir de amonestación a los tiempos venideros” (Revista de Edimburgo). “Poe es el más indigno, el más depravado de los seres… es un irracional, un enfermo del genio, un loco agitado por los espíritus de la falsedad, de la furia y de la inmoralidad… un demonio delirante que corre y aúlla en las tinieblas, montruoso bastardo del diablo y del ingenio” (Living Age, Critic).  Hay que reconocer que estos críticos, sobre todo el último, podían carecer de gusto literario, pero como creadores de invectivas estrepitosas no tenían precio.

Poe parecía así predestinado a caer en el olvido y el descrédito, hasta que una insólita y afortunada circunstancia vino a sacarle del ostracismo artístico. Sucedió, como tantas veces, en Francia. En 1846, el diario francés La Quotidienne, publicó un relato titulado Un delito sin precedentes, firmado con las siglas G.B., y en el mes de octubre del mismo año, Emile Forges daba a la luz, en el diario Le Commerce, otro cuento titulado Un sangriento enigma. Lo chocante es uno y otro eran sospechosamente parecidos, casi idénticos, lo que dio lugar a un proceso judicial por plagio. La instrucción del mismo tuvo un inesperado desenlace. En realidad ambos relatos eran plagiarios, pues se trataba de meras traducciones de una narración original llamada Los crímenes de la calle Morgue, de un ignoto escritor estadounidense que firmaba Edgar Allan Poe.

La consecuencia de aquel escándalo fue que se despertó un gran interés por la obra de dicho autor, y que sus narraciones comenzaron a traducirse y publicarse con asiduidad en Francia. El gran valedor de Poe fue sin duda su principal traductor, el genial poeta Charles Baudelaire. El autor de Las flores del mal, que había sufrido un grave proceso por inmoralidad y escándalo público cuando se editaron sus poesías y era, por tanto, también un “maldito”, no podía por menos que sentir empatía hacia el denostado autor estadounidense. Y cuando leyó al infamante artículo necrológico del reverendo Griswold, ardió en justa ira: “Este pedagogo-vampiro ha difamado por todo lo alto a su amigo en un enorme artículo, mediocre y rencoroso, que precisamente encabeza las obras del poeta (efectivamente, cuando Griswold publicó la opera omnia de Poe introdujo como prólogo su propio artículo necrológico)… ¿No existe, pues, en América una disposición que prohiba a los perros la entrada en los cementerios?”. Desde aquel momento, la fama y el prestigio de Poe no dejó de crecer en el Viejo Continente, y desde allí, acabó por imponerse en su propio país de origen.  Los hispanohablantes gozamos del inmenso privilegio de poder leer su obra ni más ni menos que en la traducción de Julio Cortázar, en la edición que publicó Alianza en su impagable colección Libro de Bolsillo.

Vamos acabando (por el momento, porque más adelante escribiremos nuevamente sobre Poe, como indiscutible creador de la novela policiaca de “enigma” y, especialmente, sobre su poco conocida obra Eureka!, un formidable y enigmático opúsculo parafilosófico de sorprendente lucidez), pero antes de hacerlo, y para ser fieles al espíritu de este blogg, no podemos dejar de referirnos a la relación de la obra de Poe con el “séptimo arte”. El director que con mayor fortuna ha penetrado en el universo de Poe es, indudablemente, Roger Corman. El prolífico cineasta nacido en Detroit en 1926 es también, a su propia manera, un “maldito”. Fue un maestro del cine de serie B que, rodeado de un magnífico equipo de profesionales que él mismo descubría y formaba, era capaz de rodar hasta setenta y ocho planos diarios lo que le permitía completar largometrajes en menos de diez días con un coste reducidísimo. ¡La esencia del cine de serie B! Y lo más chocante es que no hablamos de películas malas, ni mucho menos. Por poner un solo ejemplo, un producto imperecedero de la “Factoría Corman” es La pequeña tienda de los horrores (1960), obra maestra rodada apenas en dos días y una noche, a mitad de camino entre la ciencia ficción, el terror y el humor más delirante. En la “Factoría” y a las órdenes de Corman comenzaron su carrera cinematográfica directores como Peter Bogdanovich, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Jonathan Demme, y actores como Robert de Niro y Jack Nicholson (recuerden la desopilante escena de La pequeña tienda de los horrores en que Nicholson es el paciente masoquista de un dentista, al que por error atiende en vez del doctor el dependiente de la floristería que alberga a la planta carnívora, quien en su ineptitud inflige atroces dolores a su paciente, que a la postre se despide de él desdentado pero satisfecho y agradecido). Entre 1960 y 1964 rodó diversas películas basadas en relatos de Poe: El hundimiento de la casa Usher, La tumba de Ligeia, El péndulo de la muerte, La obsesión, Historias de terror, El cuervo y La máscara de la muerte roja, y en casi todas ellas contó con la colaboración del más “bizarre” y sin embargo “chic” de los actores de películas de “miedo”: el inimitable Vincent Price.